Cuando la guerra se convierte en percepción. Seguridad y defensa en el debate estratégico actual

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*Andrea Guidugli / Opinión

La Spezia, Italia.- Recuerdo en particular una noche en Bagdad. Me alojaba en el Hotel Sheraton, en una habitación situada en un piso muy alto. La habitación tenía grandes ventanales que no podían abrirse, perfectamente insonorizados. Afuera se extendía gran parte de la ciudad.

Era durante la guerra entre Irán e Irak durante la “War of the Cities” con gli SCUD tra 1984 e 1988. Yo había llegado a la capital iraquí por motivos profesionales, trabajando para una empresa de la industria de defensa italiana. En aquellos días se renegociaba un importante contrato naval para la construcción de una flota de 11 buques de guerra destinados a la marina iraquí. Al mismo tiempo, viajaba también a Teherán para discutir la posible adquisición de cañones navales de 76 milímetros.

Eran años en los que ambos países, enemigos en un conflicto brutal, seguían haciendo negocios con proveedores extranjeros, y en ese entonces el gobierno italiano mantenía una actitud mas “dinámica”.

Aquella noche escuché de repente un fuerte estruendo. Me sorprendió incluso dentro de la habitación, a pesar del aislamiento acústico de las ventanas. Me acerqué al cristal y miré hacia la ciudad. Desde aquella altura se veía una gran parte de Bagdad.

Primero apareció una columna de humo. Luego las llamas comenzaron a elevarse.

Los dos países disponían de misiles SCUD y se los lanzaban mutuamente con cierta regularidad. Aquella noche uno de ellos había caído en la ciudad.

Sin embargo, hoy, cuando vuelvo a ver las imágenes de misiles cayendo sobre ciudades como Teherán, Jerusalén o Tel Aviv, inevitablemente regreso con la memoria a aquella noche en Bagdad y recuerdo algo que todavía hoy me sorprende: no tenía miedo.

Con el paso del tiempo he comprendido que aquella sensación tenía poco que ver con la realidad estratégica del momento y mucho más con algo distinto: la percepción que cada sociedad —y cada individuo— tiene de la seguridad y del peligro.

Hoy escucho con frecuencia a personas convencidas de que el mundo está al borde de una guerra global, tal vez porque hoy la guerra se percibe más a través de las pantallas que de la experiencia directa. Algunos temen que Europa pueda verse arrastrada a un conflicto mayor, otros creen posible un enfrentamiento nuclear entre potencias y no faltan quienes interpretan cada crisis internacional como el preludio de una catástrofe inminente.

Entre estas percepciones opuestas surge una pregunta fundamental: ¿qué entendemos realmente por seguridad y por defensa? Y, sobre todo: ¿por qué en el debate público ambos conceptos se utilizan a menudo como si fueran exactamente lo mismo?

Seguridad y defensa: dos conceptos distintos

En el lenguaje cotidiano, seguridad y defensa se confunden constantemente. Sin embargo, desde el punto de vista estratégico, representan realidades diferentes.

La seguridad es una condición. Es el estado en el que una sociedad puede vivir y desarrollarse sin amenazas que comprometan su estabilidad política, su integridad territorial o el bienestar de su población. En gran medida, la seguridad también es una percepción colectiva: los ciudadanos se sienten seguros cuando confían en que el Estado puede protegerlos.

La defensa, en cambio, es el conjunto de instrumentos que permiten garantizar esa seguridad. Tradicionalmente esos instrumentos han sido militares, aunque hoy incluyen también capacidades tecnológicas, económicas, energéticas e incluso informativas.

Dicho de otra manera: la seguridad es el objetivo; la defensa es uno de los medios para alcanzarlo. La distinción puede parecer obvia, pero tiene consecuencias profundas. Confundir ambos conceptos conduce a errores estratégicos que se repiten con frecuencia en el debate contemporáneo.

El espejismo de un mundo sin guerras

Tras el final de la Guerra Fría, una parte importante del pensamiento estratégico internacional comenzó a sostener que la guerra entre Estados estaba desapareciendo. La globalización económica, la interdependencia entre las naciones y el desarrollo de instituciones internacionales parecían indicar que los conflictos militares tradicionales estaban destinados a convertirse en algo excepcional.

En su lugar surgieron nuevas amenazas transnacionales: terrorismo, narcotráfico, crimen organizado, migraciones irregulares o ciberataques.

En América Latina, por ejemplo, esta interpretación encontró un terreno particularmente fértil. El continente, con pocas excepciones, se ha caracterizado en las últimas décadas por una baja frecuencia de guerras entre Estados y por niveles relativamente modestos de gasto militar.

Como consecuencia, comenzó a difundirse una idea que todavía hoy aparece con frecuencia en el debate público: si las guerras entre Estados son cada vez más improbables, ¿para qué mantener Fuerzas Armadas tradicionales?

De esta lógica surgió lo que algunos analistas han llamado la “policización” de las Fuerzas Armadas.

Según esta visión, los ejércitos deberían concentrarse en tareas de seguridad interna: combatir el narcotráfico, el terrorismo o la criminalidad organizada. Las Marinas se transformarían en Guardias Costeras y las Fuerzas Aéreas se dedicarían principalmente a tareas de vigilancia.

La propuesta puede parecer razonable, especialmente en sociedades donde la violencia criminal representa un problema cotidiano. Pero plantea interrogantes estratégicos de fondo.

América Latina y la ilusión de la ausencia de amenazas

América Latina sigue siendo, en términos globales, una región poco militarizada. Los presupuestos de defensa del continente representan apenas una fracción del gasto de las grandes potencias y las Fuerzas Armadas regionales tienen una capacidad limitada para proyectar poder más allá de sus fronteras.

Sin embargo, esta realidad no significa necesariamente que el poder militar haya dejado de tener importancia.

Aunque las guerras entre Estados sean raras en la región, las tensiones políticas y territoriales no han desaparecido completamente. Disputas históricas entre países vecinos, rivalidades políticas o crisis diplomáticas siguen formando parte del panorama regional.

Además, el poder militar no se utiliza únicamente en la guerra. También desempeña una función simbólica y disuasiva en las relaciones internacionales. La simple existencia de capacidades militares creíbles puede influir en las negociaciones diplomáticas y en la percepción de poder de un Estado.

El papel de las potencias externas

A nivel estratégico, América Latina continúa formando parte del espacio de influencia de Estados Unidos. A pesar del crecimiento de la presencia económica china, de la cooperación militar rusa o de los vínculos históricos con Europa, ninguna potencia extracontinental dispone hoy de la capacidad necesaria para desafiar la primacía estratégica estadounidense en el continente.

Esta situación ha llevado a algunos a sugerir que los países latinoamericanos podrían confiar en el llamado “paraguas estratégico” de Washington para su defensa.

Pero la historia demuestra que la dependencia estratégica siempre tiene un precio. Las grandes potencias actúan en función de sus propios intereses y delegar completamente la defensa de la soberanía nacional a un actor externo implica aceptar una inevitable reducción de autonomía.

Por esta razón, incluso en un contexto relativamente pacífico, muchos Estados consideran prudente mantener al menos una capacidad mínima de disuasión.

Estrategias diferentes para realidades diferentes

Las estrategias de defensa en América Latina varían considerablemente según la situación de cada país.

En América Central y el Caribe, donde los Estados disponen de recursos limitados y enfrentan graves problemas de seguridad interna, el uso de las Fuerzas Armadas en tareas policiales se ha convertido en una práctica relativamente común.

En el Cono Sur, en cambio, las Fuerzas Armadas mantienen un papel más tradicional, centrado en la defensa territorial y en la cooperación regional.

Brasil representa un caso particular. Como potencia regional con aspiraciones de mayor proyección internacional, el país ha optado por desarrollar una estrategia de defensa basada en la disuasión mínima y en la modernización gradual de sus capacidades militares.

Programas como la modernización de su defensa aérea o el desarrollo de submarinos de propulsión nuclear reflejan esta lógica. Más allá de su utilidad operativa, estas capacidades también tienen una dimensión simbólica: contribuyen a reforzar la credibilidad internacional del país.

Un equilibrio necesario

El mundo del siglo XXI es muy diferente al que existía antes del final de la Guerra Fría. Las amenazas transnacionales son reales y exigen cooperación internacional, inteligencia compartida y políticas públicas eficaces. Pero eso no significa que el conflicto entre Estados haya desaparecido completamente del sistema internacional.

La competencia entre potencias, el control de recursos estratégicos y las rivalidades geopolíticas siguen siendo factores centrales en la política global. Incluso cuando no se traducen en guerras abiertas, influyen profundamente en el comportamiento de los Estados. Por eso, confundir seguridad con defensa puede resultar peligroso.

La seguridad requiere respuestas amplias: desarrollo económico, estabilidad institucional, cooperación internacional y políticas públicas eficaces. Pero la defensa sigue siendo un componente esencial de la soberanía estatal.

Para algunos países pequeños, la reducción o incluso la eliminación de sus Fuerzas Armadas puede ser una opción viable. Para otros, especialmente aquellos con mayor peso económico o ambiciones internacionales, renunciar completamente a la capacidad de disuasión sería una apuesta arriesgada.

En un mundo cada vez más interdependiente pero también más competitivo, mantener un equilibrio entre seguridad y defensa sigue siendo una condición fundamental para preservar la estabilidad y la autonomía de los Estados.

Muchos años después comprendí lo que había ocurrido aquella noche en Bagdad. Mientras una columna de humo se elevaba sobre la ciudad tras el impacto de un misil, yo observaba desde la ventana del hotel sin sentir miedo.

Hoy sé que no era porque la guerra no existiera. Era porque aún no había entendido la diferencia entre percibir el peligro y comprenderlo.

*Andrea Guidugli / Consultor y Periodista

Miembro Federación Periodistas de la
ciudad di Madrid. Periodista y Opinionista
acreditado por la Federación Internacional
de la Prensa de Bruselas
Italia / Articulista Invitado

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