Geopolítica del mar: por qué los océanos han vuelto al centro de la competencia internacional

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*Andrea Guidugli / Opinión

La Spezia, Italia.- En un sistema internacional cada vez más fragmentado, la dimensión marítima deja de ser un telón de fondo y se convierte en el verdadero termómetro del poder. Rutas, estrechos y fondos marinos ya no son espacios neutrales, sino nodos críticos donde se redefine el equilibrio entre soberanía, seguridad y competencia global.

El mar como infraestructura del poder global

Durante décadas hemos dado por sentada la seguridad de los océanos. Hoy redescubrimos, en cambio, que no es un bien garantizado y que los mares no representan el telón de fondo neutral de la globalización. Son, por el contrario, su infraestructura más frágil y, al mismo tiempo, una palanca fundamental del poder. La economía mundial, a pesar de la digitalización, sigue articulándose sobre corredores físicos. Puertos, choke points y fondos marinos vuelven a ser espacios disputados, y comprender la geopolítica de los mares significa entender dónde se medirá realmente el poder.

En realidad, no es un concepto nuevo: simplemente lo habíamos olvidado. Antes de la Revolución Industrial, era evidente que el poder de un Estado se decidía en el mar: desde las rutas comerciales hasta la fuerza militar, era en las aguas donde se establecían los equilibrios internacionales, las prioridades estratégicas, las alianzas y los conflictos. El mar determinó durante siglos el ascenso y la caída de distintas potencias; basta pensar en el Mediterráneo, que desde la época romana hasta comienzos del siglo XVI fue el centro neurálgico de la riqueza y fuente del poder político de la península italiana. Luego, el descubrimiento de América y el nacimiento de nuevas rutas comerciales desplazaron el eje estratégico y del poder hacia la costa atlántica, favoreciendo así el auge de Estados hasta entonces marginales en el escenario internacional.

Dando un salto a épocas más recientes, podemos observar cómo las potencias tradicionales no “abandonan” el mar, sino que reducen su centralidad relativa, mientras el centro de gravedad de los tráficos se desplaza cada vez más hacia el Indo-Pacífico. Se ha configurado así una nueva dependencia de las rutas oceánicas, los puertos y los “cuellos de botella” marítimos: los océanos, cada vez más lejos de ser un escenario neutral, se han convertido en una nueva palanca de poder.

Los océanos como espacio político y límite físico

Los mares representan, en efecto, un verdadero espacio político donde se concentran infraestructuras estratégicas no solo para el comercio, sino también para la seguridad y el abastecimiento energético. Los océanos vuelven a contar, no solo por lo que transita en su superficie, sino también por lo que se encuentra en profundidad. En la base de este renovado interés no hay tanto un mundo que se descubre más agresivo, sino un mundo que se ha vuelto más dependiente: de los flujos, de las cadenas logísticas y de un equilibrio frágil entre producción distante y consumo inmediato. A diferencia de los mercados financieros, el mar —con sus rutas comerciales, cables submarinos, plataformas offshore y estrechos estratégicos— no puede ser virtualizado ni deslocalizado.

Es una red física y un límite concreto que obliga a la geopolítica a salir de la abstracción y volver a lo operativo. Para comprender esta transición basta pensar en cómo las tensiones regionales o las crisis políticas producen efectos inmediatos en los costos de los seguros, en los tiempos de navegación o en la estabilidad económica de países enteros. Hemos tenido un ejemplo reciente durante el conflicto en Oriente Medio, cuando muchas compañías se vieron obligadas a circunnavegar el Cuerno de África en lugar de optar por la ruta más rápida a través del Canal de Suez. El mar no amplifica la crisis, sino que la hace visible y tangible para los Estados y también para nosotros, como consumidores.

Atlántico y Pacífico: dos mares, dos lógicas estratégicas

No debemos considerar los mares como realidades estratégicamente similares, sino analizarlos dentro de su contexto físico e histórico. El Atlántico, por ejemplo, es un espacio relativamente cerrado, atravesado por rutas marítimas consolidadas tras siglos de intercambios y alianzas. Sus aguas están vigiladas mediante una estructura de seguridad probada, pese a evidentes fisuras. Rara vez existe un enfrentamiento directo que alimente la competencia; más bien, esta adopta la forma de presión económica, energética e infraestructural.

En cambio, en el Pacífico las enormes distancias exigen un compromiso militar y, sobre todo, logístico mucho mayor. Los costos, las infraestructuras y la capacidad de sostener la acción en el tiempo son factores indispensables. Ante la imposibilidad de dominar por completo una superficie tan vasta y asimétrica, el objetivo de la competencia cambia: ya no se trata de “dominar” todo, sino de saturar el espacio y negar al adversario el acceso a determinadas áreas.

El Ártico que se abre: cuando la geofísica marca la agenda geopolítica

No solo los límites físicos, sino también los nuevos desafíos climáticos obligan a la geopolítica a enfrentarse a escenarios inéditos. El deshielo y la transformación material del espacio en el Océano Ártico abren la posibilidad de nuevas rutas y redibujan las distancias. Es en esta zona del planeta, hasta ahora marginal, donde la competencia adopta nuevas formas: cuando un espacio pasa de ser inaccesible a parcialmente accesible, se convierte inevitablemente en un objeto político.

El papel estratégico del Ártico se articula en varios planos: marítimo, energético y militar. Más en detalle, la posibilidad de utilizar rutas árticas, incluso de forma estacional, modifica radicalmente los tiempos y la geografía. La apertura de una ruta ártica reduciría, por ejemplo, un viaje entre Asia Oriental y Europa Occidental de 21.000 km (vía Suez) a 12.800 km, lo que equivale aproximadamente a entre 10 y 15 días menos de navegación, en condiciones meteorológicas favorables. Es fácil comprender cómo un territorio tan vasto como Groenlandia puede volverse estratégico como punto de apoyo y de control informativo. De la vigilancia marítima a un papel en la vigilancia militar el paso es breve. No debe entenderse, por tanto, como un territorio que “anexionar” en sentido clásico, sino como un posible hub y multiplicador de control en los mares del Norte. No se trata de controlar todo, sino de dificultar el acceso a ciertas áreas y monitorizarlas de manera creíble: quien controla Groenlandia puede obtener una ventaja estructural en la nueva arquitectura marítima del Ártico.

En el plano energético, Groenlandia representa también un interés potencial. En cuanto a los hidrocarburos, en 2021 el gobierno groenlandés bloqueó la exploración petrolera por razones ambientales y económicas. Sin embargo, el United States Geological Survey estimó que en las cuencas de rift de Groenlandia oriental existen recursos no descubiertos equivalentes a aproximadamente 31.400 millones de barriles (petróleo, gas y líquidos de gas natural), en su mayoría offshore. También en el ámbito de las energías renovables Groenlandia podría convertirse en un nuevo actor, no solo como lugar de producción, sino también como plataforma de infraestructuras y conexión con nuevos mercados y cadenas de valor.

De la retórica a la selección de prioridades marítimas

En este escenario, Donald Trump ha hecho explícito un interés por las rutas del Norte que hasta ahora permanecía velado por la retórica. Atribuirle la invención de una nueva geopolítica del mar sería un error; con su estilo directo y desconcertante, simplemente ha hecho decible lo que durante años permaneció implícito. Si dejamos de lado el estilo y nos centramos en el mensaje, lo que emerge es que la seguridad marítima ya no es un bien universal (si es que alguna vez lo fue), sino que está subordinada a intereses y lógicas de poder. El mar deja así de ser un espacio común y vuelve a ser una extensión de la soberanía. Interpretar sus provocaciones como planes operativos inmediatos sería engañoso. Lo que sí debería llamar la atención, especialmente en Europa, es que la dirección política y la jerarquía de prioridades han cambiado y que la centralidad marítima de Estados Unidos ya no implicará necesariamente la cobertura global de todos los espacios oceánicos. El desafío está abierto, y si sabemos asumirlo nos llevará a reforzar nuestra autonomía estratégica, rediseñar alianzas y competir en espacios hasta ahora considerados marginales.

El mar como límite estructural de la estrategia global

El mar, más que otros sistemas económicos, evidencia la fractura entre el tiempo político y el tiempo estratégico: mientras la política se mueve en ciclos cortos, el mar exige decisiones a largo plazo, independientes de quien gobierne. Sus límites físicos, sus rutas, las distancias y los cuellos de botella imponen condicionantes que no dependen de la voluntad de los Estados. Los océanos no votan, no participan en los ciclos políticos y no admiten soluciones puramente narrativas.

Si, como hemos señalado, los mares no son estratégicamente iguales, también es cierto que hablar de Atlántico, Pacífico y Ártico como espacios separados resulta erróneo y engañoso. En el sistema marítimo global, las decisiones adoptadas en un teatro se reflejan inevitablemente en los demás. Ante la imposibilidad de garantizar recursos e infraestructuras en igual medida en todas partes, un mayor interés en determinadas áreas implica inevitablemente una menor cobertura en otras. La protección selectiva de algunas rutas genera exposición en las secundarias. Y la anticipación en un espacio provoca reacciones en otros. Se perfila así una estrategia de adaptación en un mundo donde la cobertura total ya no es sostenible.

Los océanos, lejos de ser un espacio neutral, seguirán siendo atravesados, disputados, vigilados y cada vez más “seleccionados”. Quien los considere un espacio secundario y garantizado está destinado a perder en la contienda, porque mientras el comercio, la energía y la seguridad dependan del mar, será del mar de donde dependa la medida real del poder.

*Información publicada en: Ocean4Future

*Andrea Guidugli / Consultor y Periodista

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Miembro Federación Periodistas de la
ciudad di Madrid. Periodista y Opinionista
acreditado por la Federación Internacional
de la Prensa de Bruselas
Italia / Articulista Invitado

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