La nueva infantería y los robots de batalla

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  • La urgencia de integrar robots de combate autónomos multimisión en América Latina.

Mike Pizarro / Opinión

Miami, EE.UU.- Son las 03:17 de la madrugada. Una compañía de infantería mecanizada del Ejército del Perú avanza en silencio por un terreno abierto. No hay disparos. No hay explosiones. No hay ruido. La unidad se mueve con sigilo y solo hay oscuridad.

A seis kilómetros de distancia, un dron enemigo los observa. Ya los ha detectado hace horas. El dron no parpadea. No se cansa. No duda. Sus sensores térmicos identifican siluetas, clasifican rangos, detectan radios encendidas y patrones de movimiento. Un algoritmo procesa la información en segundos. Otro sistema asigna prioridades. El comandante enemigo toma su decisión. Minutos después, 120 pequeñas municiones merodeadoras se lanzan desde varios robots de batalla. El ataque no es indiscriminado, es quirúrgico. En cuestión de instantes, todos los oficiales peruanos son impactados por pequeñas cargas explosivas, los sargentos disparan al aire y son destrozados por el ataque del segundo enjambre de municiones. Los conductores de vehículos son impactados en la cabeza por explosiones que los decapitan. En menos de 40 segundos, la estructura de mando de la unidad de infantería peruana ha sido neutralizada. Ninguno de los soldados está herido. Solo los oficiales, los cabos y los sargentos yacen sin vida en el terreno.

No hubo combate tradicional. No existió ninguna alerta.  Solo hubo procesamiento de datos por parte del agresor. Fueron atacados por robots de combate autónomos.

Veamos ahora el adverso.

Son también las 03:17 de la madrugada. Una compañía de infantería del Ejército Argentino avanza en silencio por un terreno abierto en la fría Patagonia. Los soldados cargan sus mochilas, radios, municiones. Avanzan con el natural nerviosismo que acompaña a quien camina directamente hacia las posiciones enemigas de manera frontal.

Pero no están solos.

Delante de ellos avanzan nueve figuras de casi tres metros de altura. Sus pasos son pesados pero precisos. No respiran. No sudan. No tiemblan. En sus espaldas metálicas llevan enormes sistemas de radio multibanda que ningún operador humano podría cargar durante kilómetros sin agotarse. En sus mochilas integradas transportan munición adicional, drones de ataque, municiones merodeadoras, baterías extra, antenas satelitales y armamento modular listo para entrar en acción. Son SENTINELAS. (nombre genérico que describe a los sistemas robóticos de combate integrados con Inteligencia Artificial para operaciones multimisión.)

Cuando el enemigo los detecta y abre fuego, no son los soldados argentinos los primeros en quedar expuestos. Los SENTINELAS giran sus torsos blindados, despliegan sus armas orgánicas integradas en sus brazos reforzados y responden con precisión inmediata, lanzando enjambres de pequeñas municiones merodeadoras contra las posiciones enemigas. Las pequeñas explosiones comienzan a liquidar a los defensores destruyendo a los sirvientes de piezas en sus trincheras, matándolos dentro de sus nidos de ametralladoras. La infantería argentina da su grito de guerra y se lanza al asalto detrás de la muralla protectora de los nueve SENTINELAS.

Uno de los sargentos argentinos cae de rodillas herido en las piernas por esquirlas. Un SENTINELA lo levanta con sus enormes manos mecánicas y lo retira del eje de fuego como si fuera un niño. Otro SENTINELA avanza cargando pesadas cajas de munición de 40 mm hacia la primera línea mientras dispara enjambres de pequeños drones kamikaze desde su mochila metálica. Cuatro SENTINELAS ya están con rodilla en tierra disparando con letal precisión toda su munición Cal. 50 contra las trincheras adversarias, que están siendo exterminadas por una lluvia de municiones merodeadoras que atacan a cada soldado por separado. El fuego nutrido por los SENTINELAS obliga a los defensores a mantener la cabeza baja y a permanecer inmóviles, lo que facilita el trabajo de los drones kamikazes, que los eliminan con facilidad. En menos de 3 minutos, casi 120 soldados enemigos están muertos. Los SENTINELAS no gritan. No dudan. No retroceden. No piden rendición. Solo avanzan.

Esa escena no es fantasía. Es la lógica de la guerra moderna. Es el campo de batalla en el 2027, y esto será una realidad en el teatro de operaciones asiático en solo 18 meses.

El avance tecnológico de las fuerzas militares chinas está dejando ver un escenario totalmente devastador – pero evidente – uno que antes sólo podía verse en películas de ciencia ficción, pero que ahora será empleado en caso de un posible enfrentamiento con Taiwan. El ejército chino está creando compañías de infantería con robots humanoides que corren, saltan, suben escaleras y ahora disparan con una precisión idéntica o superior a la de un ser humano. Simultáneamente, también están diseñando una categoría de robots pesados capaces de transportar una torreta con armamento pesado idéntico al que podemos ver en estaciones de armas a control remoto instaladas en vehículos ligeros. Estudios recientes confirman que estas máquinas ya existen y están en producción en programas activos e integradas a batallones de asalto del ejército chino.

Mientras otros continentes prueban enjambres autónomos y unidades híbridas humano-máquina, en América Latina todavía discutimos si “es prudente” equipar a la escuadra de fusileros con un dron de la serie DJI Mavic, comprado en AMAZON, o si es mejor dejar todo igual. Así es. En pleno siglo 21 les informo que NINGÚN ejército latinoamericano – ni uno solo – ha equipado a sus escuadras de fusileros, o al menos a sus pelotones de infantería, con drones civiles para saber qué diablos tienen 30 metros delante de ellos. La vulnerabilidad en la que se encuentran los soldados sudamericanos… es extrema.

 Y el problema no es la falta de recursos. El problema es la falta de decisión.

La guerra ya cambió. Hoy la velocidad del combate no la determina el oficial más experimentado, de mirada ruda y con más músculos, sino la plataforma y sensores que pueden detectar, procesar y actuar más rápido. Y en ese nuevo escenario, enviar exclusivamente infantería humana – a pie o en vehículos – a enfrentar centenares de drones con visión térmica, municiones merodeadoras equipadas con inteligencia artificial y reconocimiento facial… es una irresponsabilidad.

Los SENTINELAS no están diseñados para reemplazar al soldado. Los robots de combate equivalen a la llegada del tanque al campo de batalla en 1916. El tanque, en su momento, y ahora el robot de batalla, protegen al soldado, rompen las líneas defensivas adversarias y explotan el éxito con un poder de fuego y una velocidad imposibles de comprender al interior de nuestros estados mayores.

Un SENTINELA de tres metros puede transportar radios tácticas, antenas satelitales y sistemas de enlace en su espalda mientras se desplaza junto al pelotón. Puede operar como nodo móvil de comunicaciones, sosteniendo la red táctica del pelotón, compañía y batallón incluso cuando los puestos de mando tradicionales han sido neutralizados por la artillería adversaria. Puede actuar como granadero automático con cientos de municiones de 40 mm, o como ametralladora pesada de apoyo con 3,000 proyectiles de 7,62 mm en su espalda, como explorador adelantado o como controlador de fuego en misiones de apoyo aéreo estrecho, todo integrado en su propio cuerpo modular mientras camina sin descanso por cualquier tipo de terreno.

Cuando comienza el combate, no actúan solos. Operan en grupos de una docena o más SENTINELAS, coordinados entre sí, avanzando como una muralla inteligente frente a la compañía de fusileros. Uno cubre con su masivo poder de fuego, otro transporta municiones, otro rescata heridos, otro observa con sus sensores y establece el mando y control del ataque, mientras otro – en coordinación perfecta con el comandante de la compañía – dirige el fuego de los morteros, artillería y helicópteros de ataque. Funcionan como una sección de armas y sensores en esteroides, pero con resistencia física ilimitada y capacidad de fuego integrada. El SENTINELA es un tanque, un helicóptero y una pieza de artillería con piernas… todo en uno.

Imaginen una compañía de fusileros entrando en una zona urbana. Antes, los primeros en doblar la esquina y ser masacrados eran soldados desprotegidos. Ahora, el primero en entrar es un SENTINELA. Si hay fuego enemigo, absorbe el primer impacto. Si detecta la amenaza en una ventana en un tercer piso, responde con precisión. Si un soldado cae, el SENTINELA lo extrae. Si se necesita munición, el SENTINELA ya la lleva en su cuerpo. Si se requiere enlace, el SENTINELA sostiene la red táctica sin importar dónde nos encontremos

Eso cambia la ecuación del miedo. Reduce la incertidumbre. Incrementa la confianza.

Y aquí es donde aparece la crítica que incomoda. Porque esto no es complicado. No requiere destruir la institución. Requiere reemplazar a los generales incompetentes y hacer lo que cualquier organización moderna, eficiente y profesional haría: crear una nueva unidad experimental y probarla.

El primer paso es diseñar un batallón de asalto ligero, equipado de manera equilibrada con 90 SENTINELAS e infantería mecanizada. No repartir robots de forma descentralizada, sino concentrarlos en una unidad de combate multimisión que actúe como un laboratorio operativo real. En sus compañías de fusileros, cada pelotón tendría su núcleo de SENTINELAS en versiones distintas: como robots SENTINELAS de apoyo de fuego con armamento de Cal.50, ingenieros de combate EOD, granadero automático de 40 mm, unidad de enlace y telecomunicaciones, SENTINELA enfermero y de evacuación médica, vehículos autónomos de transporte logístico todoterreno, estaciones móviles de apoyo de fuego, etc. En la compañía de morteros, los SENTINELAS operarían como observadores adelantados, transportando municiones, defendiendo la posición de fuego y – con el empleo masivo de municiones merodeadoras – extendiendo el alcance de la letalidad del batallón con precisión inmediata.

Ese batallón sería la prueba.

El segundo paso es crear el Centro Nacional de Entrenamiento (CENAE). Allí, oficiales y suboficiales seleccionados entrenarían primero en ese batallón experimental. Pasarían por estudios formales de robótica, trabajo en terreno, certificación técnica y evaluación real. No aprenderían teoría; aprenderían cómo un SENTINELA se integra en una sección de fusileros, cómo se coordina su empleo en grupos, manteniéndose operativo durante el combate, y cómo se explota su potencia de fuego en todo tipo de escenarios y terrenos. El objetivo de estos nuevos comandantes es alcanzar niveles de excelencia al saber cómo emplear sus armas, múltiples sensores y sacar provecho de su infinita resistencia.

Es fácil predecir que esos oficiales, una vez certificados, estarían en condiciones de apoyar a otros batallones tradicionales cuando comiencen a recibir SENTINELAS de forma gradual. Y aquí viene lo más importante: la integración no será compleja. Para nada. Hoy cada brigada tiene oficiales especialistas en inteligencia, guerra electrónica y logística. De la misma manera, cada brigada tendría expertos en el empleo táctico de SENTINELAS, capaces de asesorar al comandante sobre cómo planificar, desplegar y maximizar el rendimiento de su batallón mecanizado híbrido humano-máquina. El primer batallón equipado con SENTINELAS se convertirá inevitablemente en la unidad escuela del ejército. Los demás no copiarán ideas abstractas; copiarán resultados visibles.

Tercer paso: Los resultados serán medibles.

Se sabrá que funciona cuando la unidad triplique su velocidad de movimiento en terreno montañoso, ya que los SENTINELAS cargarán enormes dotaciones de municiones y equipos pesados sin fatigarse en cualquier tipo de ambiente. Se sabrá que funciona cuando la precisión de fuego aumente drásticamente, del tradicional 20% de impactos sobre blancos al 90%, gracias a la capacidad de estos gigantes metálicos para estabilizar el fuego con armamento pesado en cualquier terreno. Se tendrá certeza de que vamos por buen camino cuando las operaciones nocturnas ya no generen incomodidad en los comandantes, porque los SENTINELAS ven, procesan y actúan en la oscuridad total. Se sabrá que funciona cuando los heridos regresen vivos, porque un robot de tres metros los levantó bajo el fuego enemigo y los llevó sanos a retaguardia.

Eso no es retórico. Es una evaluación científica. Es tecnología militar.

El trabajo formal de modernización en el CENAE deja de ser un discurso y se convierte en una transformación concreta en la preparación para el combate moderno. Y aquí está la advertencia que muchos generales – nacidos y criados en tiempos de paz – no quieren escuchar: la historia no perdona a los ejércitos que durante demasiado tiempo subestiman la disuasión tecnológica y que retrasan a propósito los urgentes procesos de modernización.

América Latina ha vivido décadas sin guerra convencional entre Estados. Esa anomalía forjó una ilusión peligrosa: la de creer que siempre habrá tiempo para adaptarse. Pero a partir del 3 de enero de 2026, el mundo comenzó a cambiar a una velocidad extrema y con una violencia inusual, y hoy todo parece indicar que las potencias ya están entrenando unidades en las que humanos y máquinas operan como un solo organismo táctico. Por ejemplo, es muy probable que la mayoría de los 80 guardias que murieron mientras protegían el palacio de Nicolás Maduro hayan sido eliminados por pequeños drones con explosivos que, al llegar en enjambres, pudieron identificar y eliminar en segundos a la unidad de 50 guardias que protegía las zonas exteriores periféricas de la residencia presidencial. Todos los soldados estaban muertos antes de que llegaran los helicópteros. Los otros 30 guardias fueron eliminados por la fuerza DELTA en los pasillos del palacio, lo que puede haber incluido también drones Colibrí con IA armados con explosivos.

Aún tenemos tiempo, pero si no incorporamos por decisión propia a los SENTINELAS – y por ello entiéndase también a la gran familia de sistemas de combate autónomos apoyados por inteligencia artificial – entonces los incorporaremos por necesidad, por extrema urgencia, a la rápida. Y en la guerra, aprender bajo fuego siempre cuesta más vidas. Decenas de miles de vidas.

Hoy la pregunta final no es si debemos tener robots de combate. Eso es obvio.

La interrogante más importante es: ¿qué ejército latinoamericano tendrá el coraje de ver a esos gigantes metálicos caminar primero, proteger a sus soldados en batalla y cambiar la historia? ¿Qué general sudamericano entenderá primero que debe actuar ahora, antes de que la historia lo cambie a él, destruya sus fuerzas y pierda gigantescas provincias y territorios que no volverán a formar parte de sus mapas?

Las derrotas militares rara vez irrumpen en los libros de historia como accidentes “inesperados”. Las victorias del enemigo tampoco aparecen como fruto de prodigios tecnológicos “inexplicables” ni como golpes de genialidad “sobrenatural” del adversario. Para nada. Históricamente, los militares simplemente adoptan una tecnología comercial y la aplican en el campo de batalla. (ej; el telégrafo, los trenes, el fusil de repetición, las radios, los aviones, el tanque, la internet, etc.) La historia militar —esa sabia y maravillosa maestra severa que no concede indulgencias— nos demuestra algo mucho más incómodo: las derrotas suelen incubarse lentamente dentro de nuestras propias estructuras, en la obstinación de oficiales generales que se resisten a cambiar… cuando el mundo ya cambió. No es el enemigo quien nos sorprende. Somos nosotros quienes decidimos no actuar.

Una y otra vez, los archivos de la guerra revelan el mismo patrón. Un joven y audaz comandante decide emplear tecnologías que existían desde hacía años. Capacidades conocidas. Conceptos debatidos. Herramientas 100% disponibles en el mercado internacional. Nada secreto. Nada inalcanzable. Y, sin embargo, esas iniciativas fueron archivadas, ridiculizadas, consideradas “innecesarias” o “prematuras” por sus oficiales superiores, quienes no toleran que, ante su “vasta experiencia militar” —esa que nace de llevar 27 años en el ejército, coleccionando cursos, diplomados, licenciaturas y magísteres—, sea ahora desafiada por oficiales más jóvenes. ¡insolentes!

En América Latina la derrota no comienza con el primer disparo. Comienza mucho antes. Inicia en la sala de juntas, donde se decide: “no es el momento”. Continúa con el informe técnico que recomienda prudencia eterna. Se empantana con la firma que posterga, una vez más, otra modernización crítica “para el próximo ciclo presupuestario”. Con generales así en nuestras filas, el enemigo no necesita genio militar ni milagros. Solo necesita paciencia. Porque la ventaja y la iniciativa no las roba: se las entregamos. La sembramos nosotros mismos cuando preferimos la comodidad administrativa antes que trabajar en la transformación estratégica que modificara el diseño de la fuerza.

América del Sur está entrando —quiera o no admitirlo— en una etapa distinta de su historia bélica. Durante más de un siglo, la región vivió bajo una anomalía histórica: la ausencia de guerras convencionales de alta intensidad entre Estados. Esa excepción, ese breve lapsus, generó una ilusión peligrosa, casi infantil, de que la guerra moderna era un fenómeno lejano, ajeno, reservado para otros continentes. Y esa ilusión produjo algo mucho más corrosivo que la paz: creó complacencia que derivó en la actual ignorancia peligrosa en donde nuestros gobernantes se aferran a la ilusión de que la guerra… en el siglo 21 ya no existe entre los estados.

Esta creencia forjó una cultura estratégica frágil. Un pensamiento militar provinciano. Una dirigencia político-militar pobremente preparada que confunde la temporal estabilidad con el “congelamiento” del tiempo, con la “refrigeración” de la historia. Se instaló la convicción de que la modernización de las Fuerzas Armadas podía aplazarse indefinidamente sin pagar precio alguno. Que nunca habría consecuencias. Que siempre habría tiempo. Que siempre habría margen. Pero la verdad es más incómoda: gran parte de nuestra élite política —y no pocos dentro del propio estamento militar— simplemente no cree en la guerra como una posibilidad real. La considera improbable, incómoda, políticamente incorrecta. Y frente a lo que no se cree posible, pues… uno no se prepara.

Pero la historia no pregunta si creemos en ella. La guerra va, llega y golpea igual.

Y cuando llegue la guerra —y toda región termine enfrentándola— no importará cuántos seminarios se hayan realizado ni cuántos discursos tranquilizadores se hayan pronunciado. Solo importará quién se actualizó a tiempo y quién fue el “genio” que ordenó postergar los proyectos y programas de modernización. Así las cosas, podemos concluir que las derrotas militares no son accidentes. Son decisiones acumuladas. Y en ese entorno, la mayor amenaza no es el moderno arsenal del adversario. El mayor peligro está en la inercia propia de nuestros mandos, esos sobre los cuales descansan el presente y el futuro del Ejército Nacional y que – con nombre y apellido – se reflejan en la indiferencia y pasividad del Jefe del Estado Mayor General del Ejército, en el desgane del Comandante de Operaciones Terrestres, en el desinterés del Comandante de Industria Militar e Ingeniería y en la dejadez del gordito a cargo del Comando de Educación y Doctrina. Tal cual.

El peligro no radica en que nuestros adversarios se modernicen. El peligro es real cuando son nuestros propios generales quienes deciden no hacerlo y bloquean la innovación. La guerra es una acción humana extrema, veloz, violenta y radical… muy radical, y rodearnos de oficiales que se quiebran y se incomodan en ambientes extremos, veloces, violentos y radicales… pues claramente eso garantiza la victoria de un adversario de mente más joven y temerario. Porque no hay nada más peligroso en batalla que un general experimentado con espíritu de subteniente. (Patton, Rommel, Guderian, Napoleon, Stonewall Jackson, Norman Schwarzkopf, etc.)

Si la historia militar nos enseña algo con brutal claridad, es esto: las naciones no pierden la guerra por falta absoluta de medios, sino por falta de voluntad para adaptarse a tiempo. Y cuando finalmente reconocen el error, el costo ya no se mide en “presupuestos” de defensa, sino en vastos territorios perdidos, en tierras sagradas que ya no volverán a figurar en nuestros mapas y en gigantescos cementerios. La pregunta, entonces, no es si América del Sur dispone hoy de acceso a la tecnología necesaria para preservar su disuasión. (Por el momento hay acceso de sobra). La pregunta es si tendrá la firme determinación política y la capacidad intelectual para adoptar nuevas tecnologías antes de que otro la utilice con mayor convicción.

Porque la historia militar nunca castiga la pobreza de las armas si estas están en manos de soldados profesionales. En cambio, la historia de las guerras de la raza humana siempre seguirá sancionando la ceguera del militar tímido, ese que —huérfano de preparación profesional y experiencia en batalla— se siente incómodo ante un ambiente de violencia, muerte y destrucción.

La suerte está echada.

José Miguel “Mike” Pizarro / Articulista invitado

EE.UU.

Ex oficial del Ejército de Chile, graduado de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE), Analista de Defensa de CNN en Español, ex U.S. Marine y veterano de 4 años de la guerra en Irak. Ex oficial de artillería de montaña, comandante de tanques pesados M1A1 Abrams y ex asesor militar norteamericano en Colombia.

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