Jose Miguel “Mike” Pizarro / Opinión
Miami, EE.UU.- Durante los próximos tres años, el escenario es claro, predecible y —para quien quiera verlo— inevitable. Estados Unidos ejecutará acciones militares ofensivas contra la infraestructura y el liderazgo del narcotráfico en México, Colombia y Cuba. No se trata de una hipótesis extrema ni de una conjetura ideológica, sino de una lectura fría de capacidades, intereses estratégicos y precedentes recientes. Muy recientes.
Antes de analizar lo que ocurrirá en cada país, es fundamental entender el contexto regional en el que estas operaciones se desarrollarán.
El cuello de botella estratégico
México, Colombia y Cuba concentran más del 99,9 % de las rutas aéreas, navales y terrestres del narcotráfico que impactan directamente a Estados Unidos. Esta realidad crea un “cuello de botella” geopolítico irresistible para Washington. Por primera vez en décadas, la Casa Blanca cuenta con el respaldo político total para ejecutar operaciones sostenidas, agresivas y de largo plazo, sin la presión de ciclos electorales cortos ni ambigüedades legales. La estrategia no se limitará al bombardeo. Incluirá captura, extracción, secuestro y eliminación selectiva de líderes narcotraficantes, guerrilleros y terroristas mediante fuerzas especiales, francotiradores y operaciones encubiertas de altísima precisión. El objetivo no es castigar… es decapitar.
Una campaña sistemática de eliminación de liderazgo durante 12 meses —en la que cada capo sepa que no llegará vivo al fin de semana— bastaría para colapsar no solo las redes en México, Colombia y Cuba, sino también sus estructuras logísticas en Panamá, Nicaragua, Honduras, Guatemala y El Salvador. La acumulación de cuerpos es, en este contexto, un mensaje estratégico.
¿No me hice entender? Lo explico con más detalle.
La próxima guerra en América Latina no comenzará con una declaración, sino con una ausencia: la repentina ausencia de hombres que hasta ayer se creían intocables. Un día cualquiera, sin previo aviso, un líder narco no llegará a su casa. Otro no despertará. Simultáneamente, algún que otro senador corrupto, delatado por sus jefes, también desaparecerá entre la noche y la madrugada, arrancado de su cama, esposado, encapuchado, subido a un helicóptero negro sin matrícula, pero sí con destino.
Y entonces todos entenderán.
Durante los próximos tres años, el escenario es tan claro como brutal: Estados Unidos ha decidido cerrar el capítulo del narcotráfico en su frontera sur, y lo hará como siempre lo ha hecho cuando se cansa de fingir que el problema es policial, social o económico. Lo hará como una guerra.
El mapa invisible
México, Colombia y Cuba no están unidos solo por ideología, historia o desgracia. Están unidos por algo mucho más concreto: concentran casi la totalidad de las rutas del narcotráfico que alimentan el mercado estadounidense. Vistas desde el espacio, esas rutas forman un embudo. Un cuello de botella perfecto. Un punto en el que el poder militar más grande de la historia puede apretar… y no soltar hasta ver resultados.
Durante décadas, Washington miró hacia otro lado. Negoció. Presionó. Financió planes absurdos, agencias inútiles, reformas sin resultados, y discursos vacíos. Eso terminó. Hoy existe algo que antes no existía… tiempo. Tiempo político. Tiempo estratégico. Tiempo para hacer el trabajo lento, metódico, sin apuro, sin culpa… y sin pedir permiso.
Esta no será una guerra de grandes explosiones constantes. Será peor. Será una guerra de desgaste psicológico, de cacería humana, de miedo sostenido.
El mensaje no se negocia
No hace falta eliminar a todos y cada uno de los integrantes de un cartel entero para destruirlo. Basta con que cada líder sepa que no llegará vivo al viernes. Cada semana, cuerpos. Cada semana, nombres que desaparecen. Cada semana, funerales clandestinos. No solo caerán los capos visibles. Caerán los contadores, los operadores logísticos, los intermediarios, los enlaces políticos en el Congreso y en el Senado. Los invisibles. Los que nunca salen en Netflix, pero que sí están en las listas en Washington.
Y cuando eso ocurra, el mensaje viajará más rápido que cualquier comunicado diplomático. No será una declaración del Pentágono la que lo confirme. Será CNN mostrando helicópteros negros descendiendo en una ciudad mexicana. Será un noticiero local que captará el momento exacto en que un francotirador realiza su trabajo a plena luz del día en Cancún. La pedagogía del poder siempre ha sido visual. Y lo visual es un lenguaje que todos entienden.
Esto nunca fue un tema policial
Durante años se intentó vender la idea de que el narcotráfico podía combatirse con fiscales, jueces y patrullas en motocicletas, como si se tratara de ladrones comunes. La realidad es obscena: los cárteles son ejércitos privados, mejor armados que muchas fuerzas estatales latinoamericanas. Fusiles de asalto, ametralladoras pesadas, lanzagranadas de 40mm, drones, carros blindados, lanchas artilladas y helicópteros. Y sobre todo: hombres entrenados profesionalmente para matar sin dudar. Ese adversario no se enfrenta con códigos penales. Se enfrenta con doctrina militar y fuerzas especiales. Miles y miles de hombres de las fuerzas especiales.
El pecado original
Nada de esto habría sido posible sin la complicidad de la clase política. Durante medio siglo, América Latina observó el mismo “milagro”: hombres de pasado obscuro que llegaban al poder sin un peso en los bolsillos y se convertían en magnates tras cinco años en el Congreso.
Presidentes pobres que prometían representar a los trabajadores, al finalizar su mandato de cuatro años, terminaban con fincas, caballos de fina sangre y media docena de departamentos en Miami. Congresistas de origen humilde terminaban en pocos meses – tras ser elegidos – con cuentas tan abultadas que eran imposibles de ocultar por su familia traqueta. El hijo tonto del vicepresidente ahora tenía una flota de yates y de autos deportivos con llantas doradas. El pacto con los narcos era simple: ustedes nos dejan operar, y nosotros financiamos el sistema. ¿Y si alguien se pone a dar problemas en la prensa? Tranquilo… nosotros lo matamos. El error de los políticos sudamericanos fue creer que ese pacto era eterno. Desde 1980 hasta el 2020, los cárteles crecieron. Exigieron más. Compraron gobiernos completos. En algunos países ya no corrompen al Estado: son el Estado. Y lo hicieron sin pudor, filmando sus crímenes, exhibiendo su brutalidad en la internet, convirtiendo el horror en contenido.
Pero ese, wow, ese fue su mayor error. ¿Recuerdan que la realidad se moldea con imágenes?
Hoy, esas imágenes viven en los teléfonos de millones de ciudadanos que ya no sienten compasión por ellos. Y por primera vez, amplios sectores de las propias sociedades latinoamericanas desean una intervención externa… porque ahora saben que sí es posible ver morir a ese Satanás intocable, y cuando un pueblo empieza a pedir que otro ejército haga el trabajo que el suyo no puede —o no quiere— hacer, pues, diablos… la historia ya está escrita.
El precedente
El mundo ya vio lo impensable: operaciones quirúrgicas, profundas, limpias, en países que se creían protegidos por radares avanzados, misiles de última generación y alianzas extranjeras con la poderosa China comunista, Rusia e Irán. ¿Y qué pasó con esos aliados? Fue puro cuento. Nada de eso sirvió.
Las Fuerzas Especiales norteamericanas lograron entrar al corazón de la capital venezolana, ingresar a la habitación del dictador, eliminar a todos sus guardias y salir silbando sin una sola pérdida. Ni un rasguño. Esa operación no fue un error ni una acción aislada, ordenada en un momento de pasión o de arrebato. Fue un ensayo general de lo que viene. Fue el fin de la fase 1.
Colombia: la bifurcación
Colombia es, sin exagerar, el escenario más trágico y, al mismo tiempo, el más prometedor de toda América Latina. Trágico, porque ningún país del hemisferio ha pagado un precio tan alto en sangre, con generaciones perdidas y territorios devastados. Prometedor porque, a diferencia de otros, sí tiene con qué ganar esta guerra.
Las Fuerzas Armadas colombianas no improvisan. Saben luchar sin rendirse. Lo han hecho durante décadas, sin pausas, sin treguas reales, sin aplausos internacionales, y se han mantenido combatiendo sin descanso, a pesar de haber sido siempre, pero siempre, traicionadas por el Palacio de Nariño.
Las tropas colombianas conocen la selva palmo a palmo, entienden la guerra irregular, dominan la inteligencia humana, el seguimiento paciente, la infiltración silenciosa. No aprendieron de los manuales: aprendieron sobreviviendo a los golpes de la guerrilla y a las trampas de una de las clases políticas más corruptas y torcidas de la historia de la raza humana.
Gracias a la colaboración entre las fuerzas militares colombianas y norteamericanas, hoy todo está mapeado. No en abstracto, sino con precisión científica. Laboratorios ocultos en la espesura de la selva, pistas clandestinas abiertas en medio de la nada, casas de seguridad camufladas como fincas, centros de entrenamiento donde se forman los nuevos cuadros del narcotráfico. Cada punto existe en mapas del pentágono que no necesitan explicaciones… solo decisiones para iniciar el bombardeo quirúrgico. Y ahí está la bifurcación.
El futuro colombiano no depende de su capacidad militar —esa ya existe— sino de una decisión política. Si hay cooperación real con Estados Unidos, el trabajo lo harán los propios colombianos, con apoyo invisible pero decisivo: inteligencia satelital, interdicción aérea, tecnología que no se ve, pero que lo ve todo. Será una limpieza progresiva, metódica, implacable. No quedará un solo líder narcotraficante con vida al final de esa campaña militar de tres años.
Pero si Bogotá no toma una decisión política que ordene la destrucción del narcotráfico y de sus guerrillas… otros lo harán por ellos.
No existe defensa aérea capaz de impedirlo. No existe frontera que sirva de refugio a las columnas guerrilleras. No existe una selva lo suficientemente densa como para esconder a quien ya fue marcado. Cada líder narco que figure en la lista se convertirá en jalea.
La diferencia entre uno u otro escenario no es menor: es la diferencia entre recuperar soberanía o perderla temporalmente para poder salvarla después. Si Colombia logra extirpar ese cáncer —si se atreve a hacerlo hasta el final— no solo cambiará su historia interna, sino también cambiará su lugar en el mundo. Pasará de ser un país marcado por el conflicto a convertirse en el aliado estratégico, comercial y militar más valioso de Estados Unidos en el hemisferio occidental. No por discurso, sino por hechos. Si Colombia se da una ducha de ácido y se limpia del cáncer narcoguerrillero, tomará inmediatamente el puesto de México como socio comercial, industrias norteamericanas se instalarán en Colombia y Bogotá desplazará a Canadá y a Europa en el mapa de alianzas, inversión y expansión estratégica. El futuro de Colombia es brillante. Solo deben fumigar a los cárteles y extraditar a cinco mil narcos a las frías cárceles de Montana.
México: la cacería
El narco-Estado mexicano no caerá rápido. Pero caerá. Aquí no habrá grandes columnas blindadas cruzando la frontera en Ciudad de Juárez, ni imágenes de invasión clásica. No habrá tanques avanzando por las avenidas de Culiacán ni discursos solemnes anunciando el inicio de hostilidades. Lo que habrá será algo mucho más inquietante. Habrá listas, nombres, rostros, horarios y misiones.
Las fuerzas estadounidenses conocen a los líderes de los cárteles mexicanos con un nivel de detalle que resulta incomprensible para cualquiera que no haya visto de cerca cómo opera la inteligencia moderna de la fuerza militar más avanzada del planeta. Los comandantes del Pentágono, el Comando de Operaciones Especiales y la CIA ya saben quién fuma solo en el jardín, quién se reúne los martes con la amante, quién baja la guardia los domingos. Saben con extremo detalle quién duerme en esa casa, quién cambia de ruta por paranoia y quién confía demasiado en su seguridad. Si tiene un celular en su chaqueta… ese hombre ya está muerto, y si sus escoltas tienen celulares, entonces el jefe también está muerto.
Un solo fin de semana puede ser suficiente para borrar décadas de mando narco. No con una batalla, sino con una secuencia de pequeñas explosiones. No con grandes ruidos, sino con esa precisión que se obtiene de la mezcla del trabajo de científicos, de sorprendentes avances tecnológicos y de una legión de francotiradores —esos que les llaman contratistas— que ya viven y duermen silenciosos en cada ciudad mexicana.

Cada reemplazo narco durará menos que el anterior. Cada ascenso será, en realidad, una sentencia de muerte diferida. El problema del narcotráfico mexicano no será la falta de hombres dispuestos a subir en la línea de mando, sino la imposibilidad de sobrevivir el tiempo suficiente para mandar. La tecnología militar hará el resto.
Pues esa es tecnología que no necesita ocupar territorio, ni controlar ciudades, ni negociar. La tecnología militar norteamericana está diseñada para cazar, no para convencer. Para observar sin ser vista y golpear cruelmente sin advertencia. Los cárteles mexicanos fueron formados en la violencia, pero no en la guerra real contra un enemigo invisible que no duerme, no duda y no negocia. Para ese nivel de violencia ciega, fría y sin misericordia… simplemente no están preparados.
Cuba: el desenlace
Cuba es el último acto.
Y como todo último acto, será el más simbólico.
El régimen cubano no sabe manejar el colapso. Nunca lo ha hecho. Durante más de medio siglo sobrevivió sin enfrentarse jamás a una amenaza militar creíble y directa. Eso lo volvió torpe, rígido, incapaz de leer el momento histórico.
La represión será el detonante. Siempre lo es. La dictadura cubana recurrirá a los cortes de internet, a la violencia abierta, a detenciones masivas y a disparos contra su propia población. Cada error alimentará el siguiente. Cada exceso construirá el permiso moral para actuar.
La imagen del pueblo cubano pidiendo ayuda no será casualidad: será el punto de no retorno. En ese momento, no habrá marcha atrás. No habrá negociación posible. No habrá salida elegante. El final ya se ha visto en otros lugares. El guion es conocido. Solo cambia el escenario.

Epílogo
Lo que el lector latinoamericano no logra comprender es que nada de esto es improvisado. Nada es reactivo. Nada responde a impulsos. Todo forma parte de una estrategia regional, diseñada en Washington para sostenerse en el tiempo, financiada sin restricciones reales y protegida políticamente al más alto nivel. La Casa Blanca no busca resultados rápidos para titulares… busca resultados definitivos para generar hechos históricos.
Estas guerras ya empezaron.
Solo que todavía no todos se han dado cuenta. Y cuando finalmente lo hagan, será porque alguien —ese que ayer se creía eterno— ya no estará con nosotros.
Bienvenidos al siglo XXI.
Jose Miguel “Mike” Pizarro
Articulista invitado / EE.UU.
Es un ex oficial del Ejército de Chile, graduado de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE), Analista de Defensa de CNN en Español, ex U.S. Marine y veterano de 4 años de la guerra en Irak. Es un ex oficial de artillería de montaña, comandante de tanques pesados M1A1 Abrams y ex asesor militar norteamericano en Colombia.



