De las trincheras a los algoritmos

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  • Entramos en una guerra de 1915 y despertamos en Star Wars
  • Ucrania comenzó con columnas de tanques, artillería y millones de proyectiles. Cuatro años después, drones de unos pocos miles de dólares persiguen soldados, blindados y buques, mientras robots, inteligencia artificial y guerra electrónica transforman el campo de batalla. La tecnología ha cambiado la guerra a una velocidad vertiginosa. Lo único que no ha cambiado es el hombre que muere en ella.

*Andrea Guidugli / Opinión

La Spezia, Italia.- Anoche estaba viendo una película cuando una frase me obligó a detenerme: “Entramos en la guerra del 15-18 y nos encontramos en Star Wars”. No sé si existe una fotografía mejor de lo que ha ocurrido en Ucrania durante estos últimos cuatro años.

La guerra comenzó el 24 de febrero de 2022 de una manera que, vista desde hoy, parece casi antigua. Columnas interminables de carros de combate, vehículos blindados, artillería, infantería mecanizada. Una columna rusa de decenas de kilómetros avanzando hacia Kiev. Miles de proyectiles disparados cada día. Trincheras, minas, alambradas. Territorios conquistados y perdidos metro a metro.

Europa descubrió entonces algo que habíamos preferido olvidar durante treinta años: una guerra de alta intensidad requiere cantidades enormes de municiones y puede agotar los arsenales a una velocidad aterradora. Los arsenales occidentales, dimensionados para conflictos mucho más limitados y para una guerra que todos esperábamos no tener que librar nunca, comenzaron a vaciarse. La propia OTAN reconoció en febrero de 2023 que el ritmo de consumo de municiones de Ucrania era varias veces superior a la capacidad de producción occidental y estaba agotando los stocks aliados.

Parecía, verdaderamente, haber regresado la guerra de nuestros abuelos.

Cuatro años después, sobre aquellas mismas trincheras vuelan máquinas que cuestan una fracción del carro que están intentando destruir. Un pequeño dron FPV – First Person View, pilotado en primera persona mediante su cámara – puede perseguir individualmente a un soldado, mientras otros esperan la aparición de un vehículo. Los drones conectados mediante fibra óptica continúan volando incluso donde la guerra electrónica ha convertido el espectro radioeléctrico en un infierno. Vehículos terrestres no tripulados transportan municiones, reconocen posiciones o evacuan heridos. Embarcaciones sin tripulación han obligado incluso a la Flota rusa del Mar Negro a alejar buena parte de sus unidades de Sebastopol.

No hemos salido de las trincheras. Hemos colocado Star Wars encima de ellas y quizá sea precisamente esta contradicción la característica más extraordinaria de la guerra de Ucrania.

Una guerra sobre la que ya no sé quién tiene razón

Cuando comenzó la invasión, mi posición era bastante sencilla. Ucrania tenía muchas razones de su parte. Había sido invadida y tenía derecho a defenderse. Lo sigo pensando, pero nunca conseguí aceptar una representación igualmente sencilla según la cual todas las razones estuvieran necesariamente de un lado y todas las culpas del otro.

Rusia también tenía – y tiene – intereses de seguridad, una percepción de la expansión de la OTAN y una historia complicada con Ucrania que no desaparecen simplemente porque Vladimir Putin decidiera resolverlos de la peor manera posible: invadiendo un país soberano. Reconocerlo no significa justificar la invasión y aquí comienza mi problema, porque tampoco puedo aceptar el argumento contrario: Rusia es mucho más grande, tiene más hombres, más armas, más recursos y probablemente puede soportar esta guerra durante más tiempo; por tanto, hay que reconocerle lo que ha conquistado y terminarla. Si ese principio fuese válido, ¿qué deberíamos decir mañana a Taiwán frente a China? ¿Qué habríamos debido decir a Kuwait en 1990 frente al Irak de Saddam Hussein? ¿Que la geografía y la fuerza militar establecen el derecho? No puedo creérmelo, pero existe una pregunta mucho más incómoda: ¿cuántos hombres pueden morir para demostrar que ese principio es falso? Y a esa pregunta, sinceramente, no tengo respuesta.

Quizá este artículo nace precisamente de ahí. No sé quién terminará teniendo razón. Ni siquiera estoy seguro de que después de cuatro años podamos continuar dividiendo las razones y las culpas con la facilidad con la que lo hacíamos en febrero de 2022. Lo único que sé es que la guerra continúa.

La paz que nunca llegó

Hubo momentos en que pareció posible detenerla. Rusos y ucranianos negociaron ya durante las primeras semanas de la invasión. Primero en Bielorrusia, después en Estambul. El 29 de marzo de 2022 las posiciones llegaron a acercarse sobre algunos puntos: neutralidad ucraniana, garantías internacionales de seguridad y discusión separada sobre los territorios. No existía todavía un tratado de paz listo para firmar, como posteriormente se ha afirmado demasiadas veces. De hecho, la propia delegación ucraniana aclaró aquel día que no había firmado ningún documento, sino presentado formalmente sus propuestas. Crimea y Donbás continuaban siendo obstáculos enormes y tampoco sabemos si Moscú o Kiev habrían aceptado finalmente las condiciones que estaban discutiendo.

Pero negociaban. Después dejaron de hacerlo. Llegaron Bucha, la retirada rusa del norte, la guerra del Donbás, las contraofensivas ucranianas, las anexiones proclamadas por Moscú, la movilización rusa, la fallida contraofensiva ucraniana de 2023, Kursk y cientos de miles de muertos.

También Donald Trump creyó que podía detenerla. Llegó a la Casa Blanca convencido de que una guerra podía resolverse como una negociación particularmente complicada: sentar a las partes, presionar, ofrecer algo a uno, amenazar al otro y cerrar un acuerdo. No funcionó y quizá aquí Trump encontró un límite que no esperaba. Vladimir Putin puede equivocarse – y se equivocó clamorosamente al imaginar la campaña de 2022 – , puede mentir y puede llevar a su país a pagar un precio terrible, pero piensa en términos de poder, territorio, tiempo y objetivos estratégicos. No basta anunciar que un problema está resuelto para que deje de existir.

Trump, entretanto, parece haber evolucionado en la dirección opuesta. En su segundo y último mandato, sin la perspectiva personal de una nueva reelección, transmite cada vez más una sensación de poder sin límites, como si la declaración presidencial tuviera la capacidad de transformar inmediatamente la realidad. La guerra contra Irán ha ofrecido ejemplos inquietantes de esta tendencia: proclamar victorias definitivas no significa necesariamente haber resuelto los problemas que las provocaron. Putin no es por ello mejor, simplemente es diferente y cuatro años de Ucrania han demostrado que esa diferencia importa.

Los muertos y la guerra de los números

Durante mucho tiempo tampoco creí las cifras de bajas que llegaban del frente. Lo confieso. Había vivido durante décadas con una referencia histórica muy distinta. La guerra de Vietnam costó a Estados Unidos 58.220 militares muertos y de repente escuchábamos hablar de cientos de miles de bajas rusas después de apenas dos años.

¿Era posible? En una guerra, además, todos mienten. El enemigo siempre está a punto de quedarse sin soldados, misiles, tanques o moral. Las propias pérdidas son mínimas; las del adversario, devastadoras. Killed, wounded, casualties, desaparecidos y prisioneros comenzaron además a mezclarse casi “alegremente” en titulares que convertían una estimación en una certeza. Pensé que estábamos asistiendo a otra gigantesca operación de propaganda. Hoy soy bastante menos categórico, porque con el paso del tiempo comenzaron a aparecer no solamente estimaciones de los servicios de inteligencia o comunicados militares, sino nombres y apellidos, necrológicas, registros sucesorios, cementerios y familias.

A finales de mayo de 2026, BBC Russian, Mediazona y un equipo de voluntarios habían conseguido identificar por nombre a 223.539 militares rusos muertos desde el comienzo de la invasión y el número real es necesariamente mayor porque el recuento incluye únicamente fallecimientos que pueden verificarse mediante fuentes públicas.

Un segundo método desarrollado por Mediazona y Meduza, basado entre otras fuentes en el registro ruso de sucesiones, estimaba en 352.000 los ciudadanos rusos varones de entre 18 y 59 años muertos en la guerra hasta finales de 2025. Son estimaciones, no verdades absolutas. Los números definitivos probablemente no los conoceremos hasta muchos años después de terminada la guerra, pero ya resulta difícil negar la dimensión de la matanza y quizá aquí aparece otra paradoja. Mientras la guerra se vuelve tecnológicamente cada vez más sofisticada, continúa produciendo muertos con una eficiencia terriblemente antigua.

El arma que cambió el campo de batalla

En 2022 todos hablábamos de proyectiles de 155 milímetros. En 2026 hablamos de drones.

Ucrania se ha convertido en uno de los mayores laboratorios militares del mundo y probablemente en el ecosistema más dinámico de producción y desarrollo de pequeños sistemas no tripulados. Según las autoridades ucranianas, su industria dispone ya de capacidad para producir más de ocho millones de drones FPV al año, con más de 160 empresas involucradas. Kiev atribuye además a estos sistemas alrededor del 60% de las pérdidas infligidas a las fuerzas rusas en 2025. Es una cifra ucraniana y, en plena guerra, debe ser considerada como tal. Pero otro dato ayuda a entender la magnitud del cambio: en 2025, por primera vez, las adquisiciones ucranianas de sistemas no tripulados superaron las de municiones, y en 2026 el 95% de los UAV adquiridos para sus Fuerzas de Defensa son de producción nacional. Rusia aprendió rápidamente y comenzó una carrera tecnológica cuya unidad de tiempo ya no parece ser el año, sino el mes.

Aparece una nueva frecuencia de control: el adversario encuentra cómo interferirla. Se desarrolla un sistema de navegación alternativo: aparece una contramedida. La guerra electrónica bloquea el enlace entre piloto y dron: llegan los drones guiados por fibra óptica. Se construyen redes para detenerlos: cambian trayectorias y tácticas. Se protege un vehículo: el ataque busca otra vulnerabilidad.

El ciclo clásico de desarrollo de un arma – requisito, diseño, prototipo, pruebas, producción – se está comprimiendo de una manera que habría parecido absurda hace apenas una década. El frente se ha convertido simultáneamente en campo de batalla, laboratorio y banco de pruebas y el soldado es muchas veces el desafortunado beta tester.

El problema del millón contra los mil

Pero quizá la revolución más importante no sea tecnológica. Es económica. Durante décadas construimos defensas extraordinariamente sofisticadas para destruir amenazas extraordinariamente sofisticadas.

Ahora un comandante puede encontrarse ante un problema completamente diferente: utilizar un misil que cuesta cientos de miles o incluso millones de dólares para destruir un aparato cuyo coste puede medirse en decenas de miles, o mucho menos. Puede hacerlo. El problema es qué ocurre cuando detrás del primer dron llegan otros cien. La pregunta ya no es solamente: ¿Puedo destruirlo? Ahora es: ¿Cuánto me cuesta destruirlo y cuántas veces puedo permitirme hacerlo? Es una revolución conceptual.

Un sistema de armas moderno ya no puede juzgarse exclusivamente por alcance, velocidad, precisión o probabilidad de destrucción. Hay que añadir una variable que durante décadas quedó en segundo plano: el coste por efecto obtenido. Por eso los viejos cañones vuelven a adquirir funciones nuevas. Por eso regresan municiones programables y guiadas. Por eso proliferan interferidores, láseres, armas de energía dirigida y sistemas de corto alcance y por eso ninguna solución parece definitiva.

La guerra está redescubriendo que no siempre necesitamos el arma tecnológicamente más impresionante. Necesitamos aquella que podamos utilizar mil veces.

¿Han muerto los tanques?

No. Como tampoco han muerto los aviones, los barcos, la artillería o los misiles. Cada nueva revolución militar produce el mismo funeral prematuro. El misil debía matar al cañón naval. El helicóptero de ataque debía matar al tanque. Los misiles antibuque debían hacer inútiles las grandes unidades navales. Nunca ocurrió exactamente así. Lo que cambia no es necesariamente la existencia del sistema anterior, sino la manera en que puede sobrevivir y combatir.

Un carro que en 2022 podía permanecer relativamente protegido algunos kilómetros detrás del frente hoy puede estar siendo observado desde el momento en que abandona su refugio. Una concentración de vehículos que antes habría pasado inadvertida puede ser detectada por un pequeño UAV. Una posición de artillería tiene minutos para disparar y desaparecer. El campo de batalla se está volviendo transparente y cuando todos pueden ver a todos, sobrevivir significa moverse, esconderse, engañar, interferir y decidir más rápidamente que el adversario.

Y aquí entra la inteligencia artificial.

No necesariamente como el robot cinematográfico que decide autónomamente a quién matar, sino de una forma probablemente mucho más importante: procesando una cantidad de información que ningún Estado Mayor humano podría analizar a tiempo. Satélites, radares, sensores acústicos, cámaras, drones, comunicaciones interceptadas. Millones de datos que deben convertirse en una decisión antes de que el objetivo desaparezca. La verdadera carrera ya no consiste solamente en quién dispara más lejos. Consiste en quién completa antes la cadena: ver, comprender, decidir, atacar.

Y después de Star Wars

Quizá por eso aquella frase de la película continúa dándome vueltas.

Entramos en esta guerra pensando en tanques y proyectiles. Cuatro años después hablamos de inteligencia artificial, enjambres de drones, vehículos autónomos, guerra cognitiva, robots terrestres, drones navales y algoritmos capaces de seleccionar objetivos. Dentro de otros cuatro años quizá algunas de estas tecnologías nos parecerán primitivas, pero existe algo que todavía no hemos conseguido automatizar completamente.

Morir.

Al final, detrás de cada una de estas tecnologías siguen estando los hombres que las guerras necesitan y que terminan combatiéndolas voluntariamente, por obligación, por patriotismo, por miedo o simplemente porque alguien les ordenó estar allí.

Podemos alejar progresivamente al hombre del campo de batalla. Podemos enviar un robot delante de él, colocar un dron sobre su cabeza y un algoritmo detrás de la pantalla. Quizá algún día conseguiremos que dos ejércitos de máquinas se destruyan entre sí. Todavía no hemos llegado allí. Y, mientras discutimos quién tenía razón, quién provocó qué, qué territorio pertenece a quién y qué tratado habría podido evitarlo, hay una única certeza que cuatro años de innovación no han conseguido modificar: todavía son los hombres quienes pagan la factura.

*Andrea Guidugli / Consultor y Periodista

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Miembro Federación Periodistas de la
ciudad di Madrid. Periodista y Opinionista
acreditado por la Federación Internacional
de la Prensa de Bruselas
Italia / Articulista Invitado

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