- El frágil gigante industrial con pies demográficos de barro
*Andrea Guidugli / Opinión
La Spezia, Italia.- Cuando Mao Zedong proclamó en 1949 el nacimiento de la República Popular China, el país era uno de los más pobres del planeta. Décadas de guerra civil, ocupación japonesa y revolución habían dejado tras de sí una economía devastada. Durante casi 30 años China permaneció atrapada en un sistema rígidamente planificado, marcado por experimentos económicos desastrosos como el Gran Salto Adelante y la radicalización ideológica de la Revolución Cultural.
El verdadero punto de inflexión llegó solo en 1978, cuando Deng Xiaoping abrió gradualmente la economía china al mercado y a las inversiones extranjeras. Fue el inicio de la mayor transformación económica de la historia moderna. En poco más de 40 años cientos de millones de personas salieron de la pobreza y China se convirtió en la fábrica del mundo.
Cuando vemos empresarios o turistas chinos en las grandes capitales europeas pensamos a menudo en un país ya plenamente capitalista. Cuando actividades comerciales son compradas por inversores chinos, bares, restaurantes, tiendas, se refuerza la impresión de que toda la sociedad china vive ya en un bienestar generalizado. La realidad es mucho más compleja.
El crecimiento extraordinario que ha llevado al país al centro de la economía global esconde contradicciones profundas. Hoy, mientras la rivalidad estratégica con Estados Unidos se intensifica, emergen con mayor claridad las fragilidades estructurales del modelo económico chino. Durante más de 40 años el crecimiento de China ha sido contado como una historia casi milagrosa: un país muy pobre, devastado por décadas de revolución maoísta, capaz de transformarse en el espacio de una generación en la segunda economía del planeta. Para muchos observadores occidentales China se ha convertido en la demostración de que un Estado autoritario, guiado por un único partido, podía obtener resultados económicos extraordinarios.
El crecimiento chino se ha basado en condiciones excepcionales difícilmente replicables: una demografía favorable, salarios muy bajos, la apertura de los mercados occidentales y un modelo económico basado en exportaciones, inversiones públicas y desarrollo inmobiliario. Hoy casi todos estos pilares están entrando en crisis al mismo tiempo.
La ilusión occidental del “mercado de mil millones de consumidores”
En los años 90 y 2000 muchas industrias occidentales se lanzaron hacia China convencidas de encontrarse frente a un gigantesco mercado de consumidores. La idea era simple: integrar a China en el comercio global habría traído prosperidad recíproca y, con el tiempo, también una apertura política gradual. En realidad, ocurrió algo diferente. Mientras muchas empresas occidentales miraban a China como a mil millones de posibles clientes, el liderazgo de Pekín observaba el mundo como un enorme mercado que conquistar con sus propias exportaciones.
La estrategia fue extremadamente pragmática: salarios muy bajos, producción en masa, precios competitivos y una significativa transferencia tecnológica desde las empresas extranjeras que producían en el país. Durante décadas el sistema funcionó perfectamente. Las fábricas chinas inundaron los mercados globales mientras muchas industrias occidentales se reducían o se deslocalizaban.
Hoy China ya no exporta solamente productos de bajo coste. Está ganando terreno en sectores tecnológicos cada vez más avanzados: baterías, paneles solares, electrónica y, sobre todo, industria automovilística, donde los productores chinos están emergiendo tanto en el sector de los motores tradicionales como en el de los vehículos eléctricos.
A pesar del impresionante crecimiento industrial, China sigue siendo hoy un país relativamente pobre si se lo compara con las economías occidentales. Las estimaciones más recientes indican que el ingreso medio per cápita en Estados Unidos supera los 84 mil dólares, mientras que en China se sitúa poco por encima de los 13 mil dólares. En otras palabras, un ciudadano estadounidense medio produce varias veces más ingreso que un ciudadano chino medio. Este dato recuerda una realidad a menudo olvidada: China es una gigantesca potencia industrial, pero el nivel medio de riqueza de su población sigue siendo todavía relativamente modesto respecto a las economías desarrolladas.
La bomba demográfica creada por el Partido
En los años 80 el Partido Comunista introdujo la famosa política del hijo único con el intento de controlar el crecimiento de la población. Durante muchos años la elección pareció racional: menos hijos significaba más recursos disponibles para el desarrollo económico. Pero la demografía es una disciplina implacable. Hoy China se encuentra frente a una pirámide demográfica invertida: cada vez más ancianos, cada vez menos jóvenes y una fuerza laboral destinada a reducirse progresivamente.
Según muchas proyecciones demográficas, hacia mediados de siglo el país podría perder cientos de millones de trabajadores. En 2023 la tasa de natalidad alcanzó uno de los niveles más bajos jamás registrados en la historia del país. Una sociedad que envejece tan rápidamente tiene inevitablemente dificultades para sostener el crecimiento económico, el sistema de pensiones y la competitividad industrial.

La gigantesca burbuja inmobiliaria y el problema del consumo interno
Durante muchos años el crecimiento económico se alimentó de un sistema basado en la construcción continua de nuevas viviendas, a menudo vendidas incluso antes de la finalización de las obras. El modelo funcionó mientras los precios continuaban subiendo y nuevos compradores entraban en el mercado. Hoy, sin embargo, el sector muestra signos evidentes de desequilibrio. Diversos estudios indican la existencia de decenas de millones de viviendas vacías, señal de que la oferta ha superado ampliamente la demanda real. Para muchas familias chinas el ladrillo sigue representando la principal forma de ahorro e inversión. Se estima que una parte muy relevante de la riqueza de las familias está ligada al sector inmobiliario. Cuando grandes grupos como Evergrande y Country Garden entraron en dificultades, se hizo evidente cuán vulnerable era todo el sistema.
Una economía madura debería desplazarse progresivamente hacia el consumo interno. En China este paso no está ocurriendo. Las familias continúan ahorrando mucho por tres razones principales: un sistema sanitario limitado, pensiones insuficientes y costes elevados para la educación de los hijos. El resultado es una trampa del ahorro que reduce el consumo y corre el riesgo de empujar la economía hacia la deflación.
La deuda oculta de las administraciones locales
Para eludir los límites formales al endeudamiento, muchas administraciones locales han creado estructuras financieras conocidas como LGFV (Local Government Financing Vehicles). Estas entidades han financiado infraestructuras, nuevas áreas urbanas, proyectos inmobiliarios y grandes obras públicas. Según diversos análisis internacionales, la deuda total generada por estos instrumentos alcanza varios miles de millones de dólares. Muchos de estos proyectos no producen ingresos suficientes para reembolsar los préstamos contraídos. En algunas ciudades comienzan ya a aparecer señales de tensión financiera: retrasos en los pagos públicos, reducción de servicios locales y crecientes dificultades en los presupuestos municipales.
Una rebelión silenciosa de los jóvenes
En los últimos años ha aparecido un fenómeno cultural interesante entre los jóvenes chinos: el movimiento Tang Ping, literalmente “tumbarse”. Muchos jóvenes rechazan la competencia extrema del mercado laboral y eligen un estilo de vida minimalista, renunciando a la carrera tradicional. El desempleo juvenil ha superado el 21% entre los 16 y los 25 años. Paralelamente existe también otro desequilibrio demográfico: decenas de millones de hombres corren el riesgo de no encontrar nunca esposa debido al fuerte desequilibrio entre los sexos producido durante décadas por la política del hijo único.
También para atenuar estas tensiones sociales, en las últimas décadas Pekín ha favorecido una progresiva proyección de su fuerza laboral hacia el exterior. En muchos países africanos y latinoamericanos China ha financiado infraestructuras, puertos, ferrocarriles y obras públicas realizadas a menudo por empresas y mano de obra procedentes directamente de China. Esta presencia no es solamente un gesto de cooperación económica. Los trabajadores y empresarios chinos que se establecen en el extranjero abren actividades, desarrollan redes comerciales estrechamente conectadas con la madre patria, envían remesas a sus familias y contribuyen a reforzar los vínculos económicos con la China continental.
De este modo la proyección económica internacional de Pekín se convierte también en un instrumento para aliviar algunas presiones internas y, al mismo tiempo, ampliar la influencia económica china en muchas regiones del mundo.
La presión política sobre la economía privada y la fuga de capitales
En los últimos años el Partido Comunista ha reforzado el control sobre las grandes empresas. El caso más simbólico es el de Jack Ma, fundador de Alibaba, desaparecido repentinamente de la escena pública después de algunas críticas al sistema financiero chino. El Estado ha introducido también las llamadas “acciones de oro”, que permiten al gobierno ejercer un control directo sobre muchas empresas privadas. El mensaje es claro: la empresa privada es tolerada, pero sigue subordinada al poder político.
Una señal particularmente preocupante es la fuga de capitales. Según el Henley Private Wealth Migration Report, alrededor de 14.000 millonarios abandonaron China en 2023 y unos 15.000 en 2024, un récord histórico. Cuando empresarios e inversores comienzan a abandonar un país, a menudo significa que quienes poseen más capital y más información ya no tienen confianza en el futuro.
El desafío estratégico con Estados Unidos y la guerra energética
A estos problemas internos se añade una creciente presión geopolítica. En los últimos años Washington ha iniciado una estrategia cada vez más explícita de contención tecnológica y energética de China. Las restricciones sobre los semiconductores, el fortalecimiento de las alianzas en el Pacífico y las tensiones en torno a Taiwán forman parte de esta competencia estratégica. El objetivo estadounidense es claro: impedir que China se convierta en una potencia tecnológica dominante. Para Pekín el desafío es enorme: continuar creciendo económicamente mientras su principal rival estratégico intenta limitar su acceso a las tecnologías más avanzadas.
La competencia entre Estados Unidos y China no se juega solamente en el plano comercial o tecnológico. Un elemento central es la energía. China es hoy el mayor importador de petróleo del mundo y gran parte de su crecimiento industrial depende de suministros energéticos procedentes del exterior. Esto hace que el país sea vulnerable a posibles presiones geopolíticas.
En los últimos años Washington ha tratado de limitar la expansión estratégica de Pekín mediante una serie de instrumentos: sanciones tecnológicas, restricciones sobre los semiconductores y el fortalecimiento de alianzas en el Pacífico. Pero también el frente energético se está volviendo cada vez más relevante. Las relaciones entre China y países como Irán y Venezuela se insertan precisamente en esta lógica. Ambos son grandes productores de petróleo y, al mismo tiempo, países sometidos a fuertes sanciones occidentales. Para Pekín representan proveedores alternativos de energía y socios geopolíticos útiles para eludir las presiones estadounidenses. Para Washington, por el contrario, golpear o aislar estos regímenes significa también reducir el espacio estratégico de China. En este sentido, muchos de los conflictos aparentemente regionales de los últimos años, desde el Golfo Pérsico hasta América Latina, pueden interpretarse también como episodios de la competencia más amplia entre las dos grandes potencias del siglo XXI.
Taiwán: la tentación y el riesgo
En el trasfondo permanece siempre la cuestión de Taiwán. Para el liderazgo chino la isla representa una cuestión de prestigio nacional y de unidad territorial. Pero una eventual operación militar implicaría riesgos enormes: sanciones económicas, aislamiento internacional y posibles consecuencias imprevisibles para la economía china. Por esta razón Pekín parece preferir, al menos por ahora, una estrategia de presión política, económica y militar gradual.
Por qué Washington quiere frenar a China
En la base de la estrategia estadounidense existe una valoración muy simple: China es el único país del mundo que, por dimensiones económicas, capacidad industrial y ambición geopolítica, podría a largo plazo poner en cuestión el liderazgo global de Estados Unidos.
Para Washington el problema no es solo comercial, sino sobre todo estratégico. Una China dominante en tecnologías clave, semiconductores, inteligencia artificial, telecomunicaciones y energía, tendría la capacidad de redefinir los equilibrios económicos y militares del siglo XXI.
Por ello Estados Unidos intenta ralentizar su ascenso mediante una estrategia multinivel: limitar el acceso chino a las tecnologías más avanzadas, reforzar las alianzas militares en el Pacífico, controlar las rutas energéticas y contener la influencia de Pekín en regiones estratégicas como Oriente Medio, África y América Latina. En otras palabras, Washington no intenta destruir la economía china, algo probablemente imposible, sino impedir que China se convierta en una potencia tecnológica y militar capaz de superar a Estados Unidos.
La competencia entre Washington y Pekín no es, por tanto, una crisis temporal, sino la manifestación de una rivalidad destinada a marcar el equilibrio internacional de las próximas décadas.
La paradoja china
China sigue siendo una de las mayores potencias económicas de la historia. Pero su modelo de desarrollo muestra hoy grietas profundas. El crecimiento de los últimos 40 años se ha construido sobre tres pilares que se están debilitando simultáneamente: demografía favorable, expansión inmobiliaria y deuda creciente. Nadie sabe si el sistema político chino será capaz de gestionar esta transición. Pero una cosa es segura. El futuro de China no dependerá solamente de su fuerza económica o militar. Dependerá sobre todo de la capacidad de su sistema político para afrontar problemas estructurales que no pueden ocultarse indefinidamente.
Durante 40 años el mundo creyó que el crecimiento chino era inevitable e imparable.
Hoy aparece cada vez más claro que la verdadera incógnita ya no es si China se convertirá en la primera potencia global. La verdadera pregunta es si logrará gestionar sus contradicciones internas sin poner en crisis el sistema que ha construido.
*Andrea Guidugli / Consultor y Periodista

Miembro Federación Periodistas de la
ciudad di Madrid. Periodista y Opinionista
acreditado por la Federación Internacional
de la Prensa de Bruselas
Italia / Articulista Invitado



