La guerra de Irán continua y el Nuevo Orden Mundial avanza hacia el colapso en 2027

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  • Una reflexión estratégica sobre las posibles consecuencias para América Latina

José Miguel “Mike” Pizarro, analista Militar / Opinión

Miami, EE.UU.- Introducción La primera obligación profesional de un analista militar no consiste en tener razón. Nuestra responsabilidad es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más incómoda. Estudiar la historia, observar los acontecimientos presentes, identificar patrones que se repiten y advertir oportunamente sobre aquellos escenarios que, aunque hoy parezcan improbables – solo porque son incomodos de escuchar – pueden transformarse mañana en amenazas reales y agresivamente activas para la seguridad de una nación. En América Latina, nuestros lideres han convertido el desprecio por las señales de alarma en un rasgo persistente de nuestra cultura política. Aquí, los riesgos se minimizan, las advertencias se ridiculizan y la irresponsabilidad se disfraza de sensatez…

hasta que la brutal realidad impone una factura dolorosa y sangrienta imposible de negociar. ¿Cuál realidad? La guerra. A esa realidad me refiero.

Lo que van a leer a continuación no son buenas noticias. Muy por el contrario.

Por esa razón deseo comenzar este ensayo dejando absolutamente claro que las páginas siguientes representan exclusivamente mi interpretación personal del momento geopolítico que atraviesa el mundo. No constituyen un reporte de inteligencia, no pretenden reemplazar el trabajo de los gobiernos ni afirman conocer con total certeza el desenlace de los acontecimientos. Son, sencillamente, el resultado de más de cuatro décadas observando – y participando – en conflictos internacionales, comparando datos históricos y tratando de comprender cómo interactúan la economía, la energía, la política y el poder militar dentro de un sistema internacional que, en mi opinión está experimentando una transformación extrema, a una velocidad inesperada y mucho más profunda de lo que la mayoría percibe.

Espero sinceramente equivocarme. Sin embargo, considero que el peor error que puede cometer un analista militar consiste en descartar un escenario únicamente porque resulta incómodo frente al “qué dirán” o porque desafíe las interpretaciones predominantes del aroma político del momento. La historia demuestra que las mayores sorpresas estratégicas casi siempre fueron precedidas por decenas de señales suficientemente visibles para quienes estuvieron dispuestos a analizarlas sin prejuicios. Y eso es exactamente lo que van a leer en este artículo.

Durante los últimos 25 años, el planeta ha presenciado una sucesión de crisis que, en apariencia y para el ojo inexperto, están desconectadas por que pertenecen a regiones completamente distintas y responden a causas independientes. Eso es un error. La expansión de las guerras en Ucrania, el incremento de la competencia estratégica entre Estados Unidos y China, la inminente invasión China sobre Taiwán, el cierre permanente del Estrecho de Ormuz, la destrucción de la infraestructura energética del Golfo Persico, la aceleración de la carrera tecnológica militar, las masivas compras de armas alrededor del planeta, el fortalecimiento de alianzas regionales que ahora no desean a Estados Unidos en su bando y la nueva fase de la guerra fanática entre Israel e Irán, suelen analizarse como episodios dispersos, cada uno con su propia dinámica de guerra y con protagonistas desconectados de los otros conflictos que se pelean al mismo tiempo.

Mi impresión, es diferente. Veo a todos estos eventos conectados en un mismo paquete histórico. Considero que estamos observando distintas manifestaciones de un mismo proceso que se define como la transición veloz y casi completa desde un sistema internacional que estaba completamente dominado por unos Estados Unidos cansados de regalar sus vidas y su dinero para proteger a aliados desagradecidos, hacia un nuevo escenario lleno de liderazgos regionales fragmentados, donde varias naciones compiten simultáneamente por influencia, seguridad, recursos estratégicos y acceso a las principales rutas comerciales del planeta, siempre y cuando estas rutas y recursos estén en su propio barrio. En castellano más simple, Rusia no va a invadir a Africa, ni el Medio Oriente. Solo le interesa ir a la guerra con Estonia, Lituania, Latvia y Moldova y generar un espacio de seguridad de al menos 400 kilómetros entre la OTAN y la Federación Rusa. Por su lado China no pretende invadir Miami, conquistar Europa ni enviar a 100 millones de Chinos a vivir a la Patagonia (ese es Tel-Aviv). A Beijín solo le interesa el control absoluto de su zona de influencia en la primera cadena de islas y la recuperación de Taiwan. Nada más. Europa ha sido ahora forzada a sobrevivir militarmente sin Estados Unidos, Africa se venderá a pedazos a quien quiera invertir en ella y el Medio Oriente quedará bajo el control militar de una coalición Turca, Pakistaní y Saudita quienes llegarán rápidamente a un acuerdo con Irán para controlar el Golfo Persico.

Existe una tendencia muy extendida y simplista a explicar las guerras casi exclusivamente mediante factores ideológicos, religiosos o políticos. Pero, cuando uno estudia con detenimiento la evolución de los grandes conflictos de los últimos dos siglos, aparece una constante difícil de ignorar, porque detrás de la mayoría de ellos existe una abierta competencia por recursos económicos representados por rutas comerciales, captura física de nuevos territorios o acceso a materias primas consideradas esenciales para sostener el desarrollo económico y el poder militar. Las banderas cambian, los discursos evolucionan y las alianzas se transforman, pero las necesidades estratégicas de los países permanecen sorprendentemente estables pues el 90% de los conflictos bélicos modernos son exclusivamente por objetivos económicos. Nada más. Solo eso. Poder económico.

El recurso que mejor simboliza esta realidad continúa siendo el petróleo. No porque represente el único componente de la economía moderna, sino porque todavía constituye – por lejos – el principal motor del transporte internacional (buques, aviones y tanques), de toda la industria pesada, de toda la producción agrícola, de toda la logística militar y de una enorme cantidad de procesos industriales críticos sin los cuales la vida en nuestro planeta simplemente dejaría de funcionar.

Ésta es la razón por la cual considero imprescindible observar la actual guerra contra Irán desde una perspectiva mucho más amplia que la del campo de batalla en las costas de Ormuz. Las operaciones militares son importantes, pero solo constituyen la expresión visible de tensiones económicas y estratégicas mucho más profundas. Han pasado solo 5 meses de guerra y las economías del mundo ya están de rodillas. En consecuencia, conviene preguntarse qué recursos críticos podrían verse afectados si la crisis ahora se prolonga por 10 meses más y cómo reaccionarían las principales economías del planeta ante un escenario de incertidumbre energética prolongada. ¿Qué va a pasar si para el viernes 30 de Abril del 2027 el Estrecho de Ormuz sigue cerrado al comercio internacional? ¿Cuál será la nueva cara de un planeta tierra que vivió 15 meses sin el 20% del petróleo necesario para su existencia? ¿Cómo sobrevivió por más de un año ese 20%?

A partir de esa pregunta comienza realmente este ensayo.

El verdadero desafío para América Latina no consiste en contemplar las imágenes de una guerra lejana, sino en comprender que la economía mundial funciona como una inmensa y super compleja red de interdependencias. Cuando una de sus principales arterias —el Estrecho de Ormuz— sufre una interrupción tan prolongada, las consecuencias no permanecen confinadas al lugar donde estalló la crisis. Se expanden con rapidez a través del comercio internacional, los mercados financieros, el transporte marítimo, las cadenas globales de suministro y, finalmente, influyen en las decisiones políticas que cada uno de los gobiernos afectados por la falta de petróleo adopta para proteger sus propios intereses nacionales.

En términos prácticos, esto significa que economías altamente dependientes del petróleo del Golfo Pérsico —como China, Japón, Corea del Sur, India o Malasia, entre muchas otras— se verán obligadas a salir de inmediato en busca de nuevos proveedores de crudo. América Latina aparece entonces como una de las pocas regiones capaces de ofrecer una alternativa viable. En ese escenario, para un comprador multimillonario y desesperado, y hago especial énfasis en “desesperado” el precio del barril dejaría de ser el factor decisivo. Lo verdaderamente importante para un nuevo comprador asiático sería que el país latinoamericano garantice el acceso al suministro sin restricciones, que asegure contratos a gran escala y de largo plazo y evitar – mientras negocia – que otro competidor se adelante en hacer esta oferta.

La competencia por ese petróleo sería feroz. Para garantizar el abastecimiento, potencias como China podrían desplegar toda su capacidad de influencia económica y diplomática haciendo ofertas de miles de millones de dólares en inversiones para el gobierno de turno, megaproyectos de infraestructura, modernización de puertos, construcción de carreteras, líneas ferroviarias, financiamiento preferencial e incentivos de diversa naturaleza (sobornos a senadores y congresistas) destinados a consolidar alianzas estratégicas con los gobiernos productores de petróleo. En una crisis energética de esta magnitud, en un mundo casi sin el 20% del petróleo ese commodity dejaría de ser simplemente una mercancía para convertirse en el instrumento más importante del poder geopolítico y militar del siglo 21.

Y es precisamente aquí donde nuestros actuales gobiernos son incapaces de entender o siquiera detectar que América Latina dejará de ser un espectador pasivo para convertirse en una región cuyo valor estratégico aumentará considerablemente si el mundo ingresa en una etapa prolongada de ausencia de combustibles – una que deje al planeta sin el 20% de su petróleo por 10 a 12 meses más – iniciando una competencia agresiva y violenta por sus recursos energéticos. Para muestra un botón: El “nuevo Golfo Persico” está ahora en el Caribe y bajo el control militar de los Estados Unidos y su nueva 4ta Flota que acaba de recibir un portaviones a su inventario. En su zona de trabajo están Mexico, Colombia, Venezuela, Texas y Guyana quienes producen exactamente 10 millones de barriles diarios de petróleo para exportación. Cuando Cuba sea “liberada” en Septiembre de este año y el control militar de los Estados Unidos sobre el nuevo Caribe sea total bajo la protección de la “Fortaleza America” la gente finalmente entenderá el porqué de la salida de Estados Unidos de Europa y el por qué Washington procederá a cerrar sus bases del golfo pérsico, porque se negará a ir a la guerra con Rusia, y su decisión de no defender a Taiwan en Marzo del próximo año.

Para Trump no tiene sentido ir a meterse en guerras foráneas y distantes de las costas de America justo en un momento en el cual el planeta (en Abril del 2027) estará en llamas en el Medio Oriente, Europa en combate abierto contra el ejército Ruso y Asia lidiando con la invasión de Taiwan… ¿y la única gasolinera abierta? Esa estará en el Mar Caribe bajo el total y absoluto control norteamericano. Bajo ese nuevo panorama, las guerras lejanas claramente ya no son negocio para Washington, pero vender petróleo en las playas del Caribe, y garantizar su entrega a nuevos clientes multimillonarios, esos que pagarían el barril a cualquier precio… esa estrategia si tiene todo el sentido del mundo. Esa ese es el plan de Trump y sus socios. Marquen mis palabras.

Cuando la energía se convierte en un asunto de seguridad nacional.

Existe una tendencia profundamente arraigada en gran parte de la opinión pública a considerar que los asuntos energéticos pertenecen exclusivamente al ámbito de los ministerios de economía, de las empresas petroleras o de los mercados financieros. Cada vez que aumenta el precio internacional del petróleo, la discusión suele concentrarse únicamente en la inflación, en el costo de los combustibles o en sus efectos sobre el crecimiento económico. Esa visión, aunque comprensible desde la perspectiva cotidiana del ciudadano, resulta incompleta desde el punto de vista estratégico. Los Estados no analizan la energía únicamente como un recurso comercial, la consideran un elemento indispensable para garantizar la continuidad de sus instituciones, el funcionamiento de su infraestructura crítica y, en última instancia, la capacidad de combate de todo su poder militar aéreo, naval y terrestre.

Ésta no es una idea nueva.

Durante más de un siglo, las principales potencias militares comprendieron que la capacidad de sostener una guerra dependía tanto de la disponibilidad de combustible como del número de soldados o de sistemas de armas. Un ejército moderno puede disponer de los mejores aviones, de los carros de combate más avanzados y de sofisticados sistemas de defensa antiaérea; sin embargo, si carece del combustible necesario para mover esas capacidades, todo ese poder militar pierde gran parte de su utilidad operativa. Este es el caso de las Fuerzas Armadas de Chile. Exactamente el mismo principio se aplica a la economía civil. Una sociedad moderna como la chilena – al enfrentar una crisis energética o de guerra – necesita que millones de vehículos comerciales, embarcaciones, aeronaves y equipos industriales continúen funcionando todos los días para garantizar el abastecimiento de alimentos, medicamentos, materias primas y bienes esenciales para mantener funcionando sus hospitales, fabricas, redes eléctricas y sistemas de comunicación satelital y celular. Chile, a pesar de su inmenso poder militar, no posee ninguna de esas fuentes de energía.

En mi opinión, uno de los mayores cambios conceptuales de las últimas décadas consiste precisamente en reconocer que la seguridad energética ya no puede separarse de la seguridad nacional. La interrupción prolongada de la llegada del petróleo – en una nación que no produce una gota de gas natural o crudo – es una amenaza a la seguridad nacional y justifica medidas extremas. Las fronteras tradicionales entre economía, infraestructura, defensa nacional y política exterior se han vuelto cada vez más difusas. Cuando un país analiza la protección de sus puertos, de sus oleoductos, de sus terminales de gas natural licuado, de sus refinerías o de sus redes eléctricas, en realidad está analizando la capacidad del Estado para seguir funcionando bajo condiciones de crisis. Ésa es la razón por la cual numerosos gobiernos consideran hoy a la infraestructura energética como infraestructura crítica y destinan importantes recursos a su protección física y cibernética.

Sin embargo, el mundo actual presenta una característica adicional que hace esta discusión todavía más relevante. La economía internacional nunca había sido tan frágil e interdependiente como hoy. Un mismo producto puede ser diseñado en Asia, fabricado en Europa, ensamblado en Mexico y vendido en una elegante tienda en Dubái pues fue distribuido globalmente mediante cadenas logísticas que atraviesan múltiples océanos y estrechos marítimos. Esto jamás había ocurrido antes. Esa extraordinaria eficiencia ha permitido reducir costos y acelerar el comercio mundial, pero también ha incrementado significativamente la vulnerabilidad del sistema frente a interrupciones prolongadas en alguno de sus principales nodos logísticos. Por ejemplo; ese es el problema de los chips. Una guerra en Asia (Taiwan) hará desaparecer el 70% de los Chips más avanzados del planeta durante más de 10 años lo que significa que el valor de los teléfonos celulares inteligentes puede triplicarse a $3,700 dólares por un IPhone, los autos eléctricos desparecerán del marcado casi por completo y los televisores inteligentes y los computadores portátiles nuevos serán artículos de alta gama reservados solo para la clase alta.

Ésta es precisamente la razón por la cual determinados corredores marítimos poseen una importancia estratégica desproporcionada respecto de su tamaño geográfico. (Taiwan, Ormuz, Panamá, Estrecho de Magallanes, Estrecho de Malaca, etc.) No se trata del volumen de mercancías que atraviesa esas rutas, sino del efecto multiplicador que produciría cualquier interrupción y bloqueo de largo plazo sobre la economía internacional. Cuando un corredor crítico comienza a experimentar elevados niveles de riesgo… los barcos dejan de usarlo. Así de simple. La caída de misiles en esa zona significa que las aseguradoras se niegan a cubrirlo, se modifican y se bloquean rutas comerciales, se incrementan y retrasan los tiempos de entrega, aparecen presiones inflacionarias y los gobiernos comienzan a evaluar alternativas para reducir su dependencia de rutas consideradas vulnerables. Ese es el caso de Ormuz, pero multiplicado por 20.

Desde esta perspectiva, el gas y el petróleo dejan de ser simplemente un recurso físico para convertirse en un factor de estabilidad política que debe ser protegido – a cualquier precio – por el poder militar. Una sociedad que mantiene asegurado el abastecimiento energético conserva mayor capacidad para sostener su actividad económica, preservar el funcionamiento de sus servicios esenciales y administrar situaciones de conflicto inesperado con suficientes reservas de combustible de aviación, petróleo para tanques, camiones y gasolina para sus fuerzas navales y terrestres. Ese es el caso de Rusia, Estados Unidos y Brazil.  Por el contrario, una interrupción prolongada puede generar tensiones que trascienden rápidamente el ámbito económico y alcanzan dimensiones sociales, logísticas e institucionales mucho más complejas. Ese es el caso de Chile, quien no tiene petróleo, pero tiene armas y el caso de Guyana, quien tiene el petróleo que necesita Europa… pero no tiene como protegerse de una invasión venezolana apoyada por Washington.

Éste es el motivo por el cual considero que el debate sobre seguridad energética debería ocupar un lugar mucho más visible dentro de la planificación estratégica latinoamericana. No se trata de anticipar una crisis, sino de comprender que las veloces e inesperadas transformaciones del sistema internacional (3 conflictos globales simultáneos) están obligando a todos los gobiernos a replantear conceptos que durante años parecían ser exclusivamente económicos. Esto ya no es así. A partir del 1 de Marzo del 2026 la llegada del petróleo dejó de estar asegurada. En un entorno crecientemente competitivo, garantizar el acceso continuo a la energía significa también proteger la capacidad productiva del país, la estabilidad de sus instituciones y el bienestar de su población, y en el siglo 21 la ausencia de petróleo solo significa una cosa… guerra. Acostúmbrese a esa palabra.

Mi primer pronóstico es que la siguiente fase de la guerra contra Irán durará hasta por lo menos Noviembre de este año dejando al mundo sin acceso al 20% del petróleo por más de 10 meses seguidos. Por lo menos.

Mi segundo pronóstico es que China y otros cinco países multimillonarios de Asia llegarán a América Latina a comprar la totalidad del petróleo de la región… sin importar el precio. China ofrecerá comprar el barril a $200 dólares y – para endulzar la oferta – entregará también ayuda militar, armamento, tecnología de IA, e inversión masiva en los países que le vendan su petróleo de forma exclusiva. Japón, Corea del Sur, India, Malasia y Singapur seguirán esos mismos pasos. Y es precisamente aquí donde comienza una de las preguntas centrales de este ensayo. Si el sistema internacional ingresa en una etapa prolongada de competencia por recursos estratégicos y los principales consumidores asiáticos buscaran asegurar nuevas fuentes de abastecimiento, ¿Cómo cambiaría el valor geopolítico de América Latina? ¿Podría la región convertirse en un espacio de creciente interés para las grandes potencias? ¿Y estarían nuestros gobiernos preparados para administrar esa nueva realidad preservando, al mismo tiempo, su autonomía estratégica?

Las guerras se van a expandir. Los equilibrios de poder cambiarán radicalmente. Sin embargo, las necesidades energéticas de las sociedades modernas permanecen activas y se incrementan cada año. Y mientras esa realidad no cambie, la energía continuará ocupando un lugar central dentro de la estrategia nacional de cualquier Estado que aspire a preservar su estabilidad y su soberanía. Pero a partir de hoy, toca tener presente que, cualquier estado latinoamericano rico en recursos naturales y sin armas… ese país será inevitablemente invadido, y esa invasión tendrá mil formas distintas.

¿Puede América Latina convertirse en el nuevo centro de gravedad energético del mundo?

La respuesta corta es sí. Desde Mexico a la Argentina la región produce actualmente el 13% del petróleo del planeta. Por eso considero razonable plantear la hipótesis de que la combinación entre crecimiento desmedido de la población y urgencia de la demanda energética, mayor competencia entre grandes potencias y vulnerabilidad de determinadas rutas marítimas podría incrementar significativamente el valor geopolítico de países como Brazil, Colombia, Guyana, Venezuela y Ecuador. Estas naciones son capaces de ofrecer a China, Japón, La India y a otros países inmensamente ricos – pero huérfanos del petróleo árabe – fuentes estables de petróleo, gas natural, minerales críticos y otras materias primas esenciales para la industria moderna. Si esa tendencia llegara a consolidarse, América Latina dejaría de ser únicamente una región exportadora de recursos para convertirse en un espacio de creciente interés estratégico dentro del nuevo equilibrio internacional.

Sin embargo, los acontecimientos recientes indican que la seguridad del abastecimiento de petróleo desde el Golfo Persico – esa que se creía asegurada por el “orden mundial” proporcionado por Estados Unidos… ya no existe. Cuando la estabilidad de las cadenas logísticas deja de estar asegurada, los recursos adquieren una dimensión política adicional que trasciende ampliamente su valor comercial y la interrupción de la llegada del gas y petróleo siempre significa una sola cosa… diplomacia veloz o… guerra.

Basta observar el mapa energético latinoamericano para comprender el potencial estratégico que podría adquirir la región bajo determinadas circunstancias. Brasil continúa consolidándose como uno de los principales productores de petróleo del hemisferio occidental gracias al desarrollo de sus yacimientos costa afuera y al fortalecimiento de su industria energética. Guyana, ha emergido como uno de los descubrimientos petroleros más importantes de los últimos años, modificando sustancialmente su relevancia económica y atrayendo crecientes inversiones internacionales. Venezuela posee algunas de las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, aunque enfrenta importantes desafíos políticos, tecnológicos y de infraestructura para recuperar plenamente su capacidad productiva. Colombia mantiene una industria petrolera consolidada que continúa desempeñando un papel relevante dentro de la economía nacional, mientras que Argentina desarrolla progresivamente el potencial de Vaca Muerta, uno de los mayores reservorios de hidrocarburos no convencionales del mundo. Solo entre estos 5 países se produce más de 7.7 millones de barriles al día o el equivalente al 50% de las necesidades diarias de China. Por eso, mi tercera predicción es que la guerra en el Golfo Pérsico va a continuar hasta por lo menos el próximo año obligando a los gigantes asiáticos a comprar en América Latina hasta la última gota de petróleo disponible, y China se dejara caer con todo su poder sobre el actual y el nuevo gobierno argentino en Diciembre del 2027.

En mi opinión, éste constituye uno de los grandes retos que enfrentará América Latina durante los próximos 12 meses. La región posee una oportunidad extraordinaria para transformar su riqueza energética y mineral en un factor de desarrollo sostenible de niveles históricos, notable fortalecimiento institucional e integración regional entre naciones del pacifico y del atlántico sudamericano. Sin embargo, ello requerirá una planificación de largo plazo que trascienda los ciclos políticos y comprenda que los recursos naturales, por sí solos, no garantizan prosperidad. La verdadera ventaja estratégica reside en la capacidad de convertir esos nuevos y generosos recursos asiáticos en infraestructura, innovación, capital humano, diversificación industrial y estabilidad institucional. La idea sería ver naciones como Guyana, Colombia y Ecuador convertidas – tras la masiva llegada de billones de dólares a la semana – en paraísos financieros y turísticos como Doha en Catar y las prosperas ciudades de Dubái y Abu Dabi en los Emiratos Árabes. Pero en una región como la nuestra, secuestrada por una clase política corrupta y sinvergüenza, ninguna de estas bonanzas se llegará a materializar en el corto plazo.

Otro aspecto que refuerza mi pronóstico es la creciente importancia de los minerales críticos para la transición energética y el desarrollo tecnológico. Litio, cobre, níquel, tierras raras y otros materiales indispensables para baterías, redes eléctricas, vehículos eléctricos y sistemas de alta tecnología comienzan a ocupar un lugar cada vez más relevante dentro de la competencia económica internacional. América Latina concentra una proporción significativa de varios de estos recursos, lo que amplía aún más su potencial importancia estratégica en un escenario de transformación industrial global donde las inversiones huyen de las zonas de guerra a regiones pacíficas y prosperas como la nuestra. Así, la región no sólo podría ser observada como proveedora de hidrocarburos tradicionales, sino también como un actor relevante dentro de la economía energética del futuro. Tenemos el clima perfecto, mano de obra educada, cero presencias de radicalismos religiosos, total ausencia de armas nucleares y todos los recursos naturales necesarios para instalar mega industrias y aterrizar inversiones. Mexico es el mejor ejemplo.

No obstante, considero importante formular una advertencia.

Ser propietario de recursos estratégicos no garantiza automáticamente una posición internacional favorable. La historia latinoamericana ofrece numerosos ejemplos de países extraordinariamente ricos en recursos naturales que jamás lograron traducir esa riqueza en desarrollo sostenido. Las oportunidades geopolíticas pueden convertirse rápidamente en vulnerabilidades si no van acompañadas de instituciones eficaces, seguridad jurídica, estabilidad macroeconómica y políticas públicas orientadas al fortalecimiento de la competitividad nacional. El verdadero desafío no consiste únicamente en producir más recursos, sino en administrarlos con una visión estratégica de largo plazo. Ejemplos de este fracaso moral e intelectual los podemos ver en el Peru, la Argentina, Colombia y Venezuela.

Chile frente a una eventual crisis energética internacional: vulnerabilidades y posibles escenarios estratégicos

Existe una diferencia fundamental entre una nación que enfrenta una crisis económica y una nación que enfrenta una crisis energética. La primera dispone, al menos en teoría, de herramientas financieras, tributarias, monetarias o presupuestarias para amortiguar parcialmente sus efectos. La segunda, en cambio, descubre rápidamente que ninguna política económica puede reemplazar físicamente un recurso que simplemente ha dejado de llegar. El dinero puede comprar petróleo únicamente cuando existe alguien dispuesto a venderlo y, sobre todo, cuando ese petróleo puede ser transportado hasta el comprador.

Si cualquiera de esas dos condiciones desaparece, incluso las economías más ordenadas comienzan a experimentar tensiones que trascienden el ámbito financiero para convertirse en un problema de seguridad nacional y que, si no se soluciona de forma instantánea… la respuesta es guerra. Éste es precisamente el enfoque desde el cual considero necesario analizar la situación de Chile. Mi intención no consiste en anunciar un escenario inevitable ni mucho menos afirmar que una crisis de estas características ocurrirá necesariamente. Lo que propongo es un ejercicio de planificación estratégica semejante al que realizan regularmente los estados mayores militares cuando estudian contingencias de baja probabilidad, pero de consecuencias extremadamente altas. La pregunta no es si ese escenario ocurrirá; la pregunta es qué tan preparado estaría Chile para enfrentarlo si llegara a producirse.

Desde mi perspectiva, Chile representa un caso particularmente interesante debido a la combinación de tres factores que rara vez aparecen simultáneamente en otras naciones de la región. En primer lugar, su elevada dependencia de las importaciones de combustibles fósiles para abastecer el 90% de su demanda energética. En segundo término, una geografía extraordinariamente extensa y angosta, donde las principales zonas de producción, consumo, puertos, centros industriales y ciudades se encuentran distribuidas a lo largo de 4,000 kilómetros. Ergo, sin sus flotas de camiones el país se paraliza en una semana. Finalmente, es una economía profundamente dependiente del comercio internacional y, por lo tanto, especialmente sensible a alteraciones en las cadenas logísticas globales.

Durante décadas, Chile ha logrado administrar estas vulnerabilidades mediante una política consistente de diversificación de proveedores, desarrollo de infraestructura portuaria, inversiones en energías renovables y acuerdos comerciales con múltiples socios internacionales. Ese esfuerzo ha contribuido significativamente a fortalecer su resiliencia energética en tiempos de paz. Sin embargo, no tiene un solo plan de contingencia que le diga cómo actuar en caso de que una guerra externa – cercana o lejana a su territorio – le corte y le cercene de raíz la llegada de petróleo y gas.

Y aquí el principal problema: Ecuador, Brasil y Argentina son los principales proveedores de petróleo para Chile. Nadie más. Lo voy a repetir. Nadie más. Por su lado, el gas llega principalmente en barcos como Gas Natural Licuado (GNL) desde Estados Unidos y Trinidad y Tobago. Pero el problema es que Chile también importa cantidades significativas desde Argentina, aprovechando yacimientos como Vaca Muerta. Y esta es la hipótesis: Si Brazil y Ecuador cancelan sus contratos con Chile en beneficio de irresistibles contratos multimillonarios con China, solo la Argentina podría sostener la línea de vida de Chile. Y si Buenos Aires también decide cancelar la entrega de gas y petróleo… Chile deja de existir. Literalmente.

Y frente a este posible escenario… ¿Chile tiene planes de contingencia? ¿Algún As bajo la manga? ¿Un Plan B por ahí escondido? La respuesta es un rotundo no, y el pueblo chileno no lo sabe.

En mi opinión, aquí aparece un elemento que suele recibir menos atención de la que merece. La crisis energética del Golfo Persico no afecta únicamente el precio del combustible. Su verdadero impacto ESTRATEGICO consiste en alterar el funcionamiento completo del sistema logístico mundial. Si el 20% del petróleo que ocupa la raza humana deja de llegar a sus clientes eso significa que un 20% de la población del planeta dejo de recibir esa energía. Esos son dos de cada diez seres humanos – en todo nuestro planeta – que ahora están racionando sus alimentos… por meses.

Economías modernas y multimillonarias como China, Corea del Sur y Japón dependen de un flujo continuo de transporte terrestre, marítimo y aéreo para movilizar alimentos, medicamentos, insumos industriales, equipos médicos, fertilizantes, maquinaria, repuestos críticos para hospitales, productos químicos y prácticamente todos los bienes que permiten el funcionamiento cotidiano del país. Cuando ese flujo comienza a experimentar restricciones extremas sostenidas, los efectos se multiplican en forma exponencial sobre todo cuando el 50% de su petróleo provenía del Golfo pérsico y ahora llevan 5 meses sin recibirlo. La crisis y sus consecuencias las ve hasta un ciego.

Imaginemos, únicamente como ejercicio analítico, un escenario internacional en el cual el mercado energético atraviesa ahora 10 meses de elevada tensión producto de una interrupción significativa del comercio petrolero mundial. No resulta difícil anticipar que las principales economías consumidoras (China, Corea del Sur, Japón, India, Malasia, Singapur, etc.) comenzarían inmediatamente a competir por asegurar contratos de largo plazo con los países exportadores disponibles en America latina. (Brazil, Argentina, Colombia, Guyana, Ecuador, etc.)

En un contexto semejante, el mercado dejaría de funcionar exclusivamente mediante criterios de precio y comenzaría – para asegurar la más absoluta y total atención del vendedor sudamericano – a incorporar variables diplomáticas, comerciales y estratégicas. Cada productor Sudamericano buscaría naturalmente maximizar los beneficios de sus exportaciones, mientras cada comprador Asiático intentaría garantizar la continuidad de su abastecimiento ofreciendo comprar el barril – si es necesario – a más de $300 dólares reforzado con promesas de entrega de armas, tecnología IA e inversiones masivas irresistibles en infraestructura apoyadas con pagos en pesadas maletas negras para políticos corruptos como los nuestros. El escenario, insisto, lo ve hasta un niño.

Desde la perspectiva chilena, ello significaría operar dentro de un entorno considerablemente más competitivo, frágil y peligroso que el actual. Algo para lo cual Santiago no está ni remotamente preparado. No necesariamente porque el país carezca de recursos financieros para adquirir combustibles, sino porque todos los compradores asiáticos estarían intentando asegurar simultáneamente un recurso energético (gas y petróleo) que estaba originalmente destinado a Chile. La diferencia entre una economía estable y otra sometida a fuertes tensiones radica muchas veces en la capacidad de anticipación y en la existencia de planes de contingencia previamente desarrollados, y Chile en este escenario especifico, no tiene planes de contingencia. Nada.

Otro aspecto que considero particularmente relevante se relaciona con la geografía nacional. Chile posee una configuración territorial excepcionalmente atractiva para los reportajes de la revista National Geographic, pero sumamente complicada para sus 20 millones de habitantes. Sus principales centros urbanos e industriales se distribuyen a lo largo de miles y miles de kilómetros, conectados por una infraestructura logística que depende del funcionamiento permanente del transporte terrestre, marítimo y ferroviario… y sin combustible por 30 días el país se congela, en 60 cae en caos extremo y en 90 días deja de existir como estado. Su colapso no sería gradual, ni sostenido por fases manejables a través de la “gestión de crisis”. Para nada.

Chile sin petróleo por más de 3 meses… se apaga. Y en el mes numero 4 desaparece como estado nación.

Precisamente para enfrentar ese tipo de escenarios existen los planes nacionales de emergencia y las políticas de seguridad energética que muchos países desarrollan aun cuando esperan no tener que utilizarlas jamás.

A mi juicio, uno de los principales desafíos para Chile consiste precisamente en incorporar con mayor profundidad este enfoque dentro de la planificación pública, incluirla en el discurso televisivo y en el debate público para generar conciencia ciudadana. Durante demasiado tiempo Santiago consideró la energía como un asunto predominantemente económico, uno que nunca seria interrumpido. Hoy, en cambio, comienza a quedar cada vez más claro que el acceso estable a recursos energéticos constituye también un asunto de política exterior, de infraestructura crítica, de resiliencia institucional y, finalmente, de defensa nacional. Lamentablemente Chile nunca tomo esas precauciones y si mis predicciones se materializan las opciones de Santiago son muy limitadas y de consecuencias potencialmente desastrosas.

Y es justamente ese escenario hipotético el que nos obliga a ampliar el análisis. Si una crisis energética internacional incrementara el valor estratégico de los productores latinoamericanos y modificara los incentivos de las grandes potencias para asegurar suministros, entonces la siguiente pregunta resulta inevitable: ¿Cómo podría cambiar el equilibrio geopolítico de América Latina si las principales economías del mundo comenzaran a competir con mucha mayor intensidad por sus recursos naturales?

Ésa será la cuestión que abordaré más adelante, donde analizaré cómo un eventual reordenamiento de los mercados energéticos internacionales podría transformar la importancia estratégica de América Latina dentro del sistema internacional y abrir una nueva etapa de competencia económica, diplomática y tecnológica entre las grandes potencias. Una cuestión que, si no se ordena y se coordina con anticipación, terminara rápidamente en guerras entre las naciones latinoamericanas.

Las guerras cambian. Los intereses nacionales permanecen.

Con frecuencia tendemos a personalizar los acontecimientos internacionales. Explicamos la política exterior de las grandes potencias en función de un presidente, un primer ministro o un líder determinado. Sin embargo, la historia demuestra que los individuos cambian con mucha mayor rapidez que los intereses permanentes de los Estados. Los gobiernos son temporales pero las necesidades estratégicas permanecen. Nada impide que el actual líder de Venezuela sea reemplazado esta noche por uno nuevo que ordene invadir y anexar la Guyana y apoderase de cientos de billones de dólares en gas y petróleo. Menos aún si tiene el apoyo norteamericano. Si Inglaterra entra en guerra contra la Federación Rusa, Argentina recuperará las Malvinas por la fuerza en el 2028. Ningún país serio deja de preocuparse por la seguridad de sus rutas marítimas, por la protección de su infraestructura crítica, por el acceso a materias primas esenciales o por la estabilidad de su economía simplemente porque cambia una administración. Las prioridades pueden variar en intensidad, pero la lógica que las sustenta continúa siendo sorprendentemente constante.

Y aquí mi última predicción: No me corresponde anticipar – con absoluta precisión – cuál será el desenlace exacto de la actual crisis en Medio Oriente. Ningún analista serio puede hacerlo con certeza. Lo que sí considero absolutamente cierto es que el conflicto va a escalar a niveles extremos (siempre fue parte del plan), que Estados Unidos contra toda lógica militar cometerá el error de desembarcar Infantes de Marina en Islas y zonas costeras iranies, que las bajas norteamericanas (entre muertos, mutilados y desaparecidos) serán catastróficas y que la guerra se prolongará por al menos un año más. Ergo, el estrecho de Ormuz continuará cerrado por más de un año alterando al extremo la economía del planeta y para Marzo del próximo año el mundo se encontrará en medio de una recesión económica grave con precios del petróleo muy por sobre los $230 dólares. Pero ojo, será el mundo el que estará en una recesión económica grave… no Estados Unidos.

Esto significa que el sistema internacional continuará evolucionando hacia un escenario caracterizado por una competencia mucho más intensa y extremadamente agresiva entre grandes potencias, se le dará una importancia militar a la seguridad energética se creara una urgente necesidad de diversificar proveedores, rutas comerciales e infraestructura crítica. Si esa tendencia efectivamente se consolida, América Latina deberá abandonar definitivamente la idea de que los grandes acontecimientos geopolíticos ocurren siempre lejos de nuestras fronteras. En un mundo profundamente interconectado, la distancia geográfica ya no constituye una garantía de aislamiento estratégico. Aunque se resista, America Latina será arrastrada a estas nuevas guerras, deberá tomar partido, adoptar un bando y ponerse un uniforme. Lo le queda otra. El conflicto es inevitable.

La historia ofrece una enseñanza que conviene recordar. Las grandes transformaciones internacionales rara vez ocurren de manera súbita. Generalmente comienzan con una serie de acontecimientos que, observados de forma aislada, parecen independientes entre sí. Sólo con el paso del tiempo se comprende que todos formaban parte de un mismo proceso de cambio. Por esa razón considero que la función del analista militar no consiste en ofrecer certezas absolutas, eso no es necesario. En cambio, si debe identificar tendencias, encender alarmas, plantear preguntas y estimular el debate antes de que los acontecimientos obliguen a nuestros políticos de turno… a reaccionar bajo condiciones mucho menos favorables.

Epílogo

Los analistas militares no estudiamos el futuro porque pretendamos adivinarlo. Lo estudiamos porque la preparación militar siempre ha sido preferible a la improvisación civil, y porque las naciones que analizan con anticipación los riesgos suelen estar mejor preparadas para enfrentarlos cuando finalmente aparecen. La historia no pertenece únicamente a quienes reaccionan ante los acontecimientos. También pertenece a quienes tuvieron la disciplina intelectual de observar, analizar y advertir que el mundo estaba cambiando mientras la mayoría todavía creía que nada importante estaba ocurriendo.

A lo largo de mi vida profesional aprendí una lección que jamás encontré escrita en ningún manual táctico ni en ningún tratado de estrategia. Los pueblos rara vez son destruidos por aquello que no podían prever. Generalmente son destruidos internamente por aquellos lideres que decidieron ignorar la amenaza aun cuando las señales estaban frente a ellos. Si algo me ha enseñado el estudio de la historia militar es que las mayores transformaciones geopolíticas casi nunca sorprenden a quienes observan cuidadosamente los patrones que las preceden. Sorprenden, más bien, a quienes – huérfanos de imaginación – consideran que el presente permanecerá indefinidamente igual al pasado. Que políticamente nada va a cambiar. Que siempre se reaccionará igual.

Quienes trabajamos en estrategia tenemos el deber de estudiar escenarios incómodos y desagradables precisamente porque la historia demuestra que las mayores tragedias comenzaron el día en que el Senador Torrequemada y el General Despeñaperros afirmaron – con infinita arrogancia – que aquello “jamás podría ocurrir” cerrando la puerta al debate. Espero sinceramente que este ensayo pase a formar parte de esa larga lista de predicciones equivocadas. Sería la mejor noticia posible para todos nosotros. Pero si el futuro decide seguir un camino parecido al aquí descrito, al menos nadie podrá decir que las señales no existían. Como militar, prefiero equivocarme advirtiendo un peligro que guardar silencio frente a una amenaza que considero digna de análisis. Ésa ha sido siempre mi responsabilidad profesional y continuará siéndolo mientras este soldado tenga la posibilidad de escribir.

Jose Miguel “Mike” Pizarro, Articulista invitado / EE.UU.

ex oficial del Ejército de Chile, graduado de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE), Analista de Defensa de CNN en Español, ex U.S. Marine y veterano de 4 años de la guerra en Irak. Pizarro es un ex oficial de artillería de montaña, comandante de tanques pesados M1A1 Abrams y ex asesor militar norteamericano en Colombia.

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