He sido un vendedor de armas

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp

  • Durante 41 años trabajé en la industria italiana de defensa entre guerras, embargos, contratos, marinas y ejércitos de medio mundo. No vendí fusiles en aeropuertos africanos ni trafiqué con dictadores. Vendí sistemas de defensa para la defensa de un país, sistemas que debían funcionar cuando realmente debían funcionar.

*Andrea Guidugli / Opinión

La Spezia, Italia.- He sido un vendedor de armas. Lo digo así, sin temblar, e imagino que a alguien le podrá venir a la mente Nicolas Cage en Lord of War: puro, chaqueta de lino, tráficos nocturnos en aeropuertos africanos. O aquellos dos estadounidenses —historia real— que en los años noventa intentaron vender armas en Bosnia como si estuvieran organizando una empresa de limpieza. Pues bien: nada de todo eso, salvo que siempre he tenido algo de sobrepeso y, por lo tanto, poco de cinematográfico.

Yo, en cualquier caso, nunca he vendido fusiles en el mercado negro, nunca he negociado de noche en hangares polvorientos, nunca he conocido señores de la guerra en sandalias y Ray-Ban.

Trabajé durante 41 años en una empresa del Estado, OTO Melara, hoy Leonardo, junto a ingenieros geniales, obreros que conocían los engranajes mejor que a sus propias esposas, técnicos, funcionarios, diplomáticos, Ministros e incluso Presidentes, porque en el mundo de la defensa todos pasan, tarde o temprano, por una sala de reuniones o por una fábrica.

Hoy, en muchas universidades occidentales, en las plazas europeas o en las redes sociales, la industria de defensa es presentada como si fuera una zona moralmente contaminada, algo que debe ser aislado o boicoteado. Es una tendencia que no afecta solamente a las armas. En estos días, en Italia, incluso una multinacional farmacéutica israelí como Teva terminó en el centro de campañas de boicot político y sindical. Hasta que luego se descubre que detrás de esos productos existen fábricas italianas, trabajadores italianos, familias italianas.

Es la vieja paradoja occidental: se demoniza a la industria hasta que uno se da cuenta de que produce empleo, tecnología, investigación, salarios y capacidad estratégica. En el sector de la defensa este mecanismo es todavía más evidente, porque detrás de un cañón naval, un radar o un misil no hay solamente acero y explosivos. Hay miles de técnicos, obreros, ingenieros, electrónicos, soldadores, matemáticos y programadores y, sobre todo, hay una pregunta que nadie ama afrontar abiertamente: ¿qué ocurre cuando un país decide dejar de saber construir aquello que necesita para su propia defensa?

En Occidente se ha vuelto bastante común mirar con sospecha a ciertas industrias estratégicas, especialmente las vinculadas a la defensa. Existe la idea de que quien trabaja en ese mundo debería justificarse constantemente, casi pedir disculpas por lo que hace.

¿Debería sentirme incómodo al pronunciar aquella frase: “He sido un vendedor de armas”? Pero yo nunca me he avergonzado de mi profesión. Nunca.

Ni siquiera cuando, en medio de un entorno compasivo y biempensante, alguien intentó preguntarme con falsa ingenuidad:

—“Pero usted, disculpe… ¿no se siente culpable?”

Respondí secamente:

—“No. Mire, estoy orgulloso de lo que he hecho y volvería a vivir cada uno de esos mismos 41 años.”

Porque el mundo está lleno de gente que habla de paz sin haber visto jamás lo que sucede cuando una Marina tiene que salir al mar con un cañón poco fiable, o cuando un país corre el riesgo de no defender una frontera solamente porque alguien, al otro lado del mundo, decidió que “las armas son una porquería”. La paz la garantizan los ejércitos, no las declaraciones y los ejércitos, créanme, sin armas no llegan demasiado lejos.

He vendido armas, sí. Armas pesadas: cañones, misiles, carros de combate, torpedos, proyectiles inteligentes. Sistemas complejos, que requieren ciencia, precisión y responsabilidad y jamás me he avergonzado de mi profesión. Nunca.

Porque la verdad es que yo he visto mi pequeña dosis de guerra, de cerca, probablemente más cerca que todos esos falsos pacifistas que hablan de paz.

Me alterné entre Teherán y Bagdad en los años en que ambos países se lanzaban diariamente misiles SCUD sobre las ciudades. Escuché sirenas, dormí en hoteles que temblaban y lo más impresionante era la rapidez con la que uno termina acostumbrándose incluso a la guerra.

Al mismo tiempo nosotros debíamos trabajar dentro de límites rigidísimos: las leyes italianas no permiten vender armas a países beligerantes. Por eso, después de cierto tiempo, el Estado suspendió los suministros a ambas partes. Los buques iraquíes ya construidos, junto con misiles, municiones, repuestos y equipos, fueron redistribuidos: algunos terminaron en la Marina Militar Italiana y otros en la Marina de Malasia. El contrato iraní, en cambio, quedó insoluto, con una parte importante de pagos jamás recibidos. Porque la guerra nunca es solamente guerra. También son contratos suspendidos, astilleros paralizados, gobiernos que cambian de idea de un día para otro, buques que de repente dejan de tener bandera.

En los años ochenta comprendí muy bien todo esto siguiendo de cerca las consecuencias de los embargos italianos hacia Oriente Medio y el norte de África. De un día para otro, sistemas ya construidos, equipos listos, repuestos preparados para la entrega, podían transformarse en un problema político.

Los buques iraquíes terminaron redistribuidos, pero otros contratos permanecieron congelados durante años, suspendidos en una especie de limbo donde nadie sabía realmente cómo terminaría todo y allí uno aprende otra verdad que desde fuera casi nadie ve: detrás de un contrato militar no hay solamente gobiernos o generales. Hay ingenieros que han trabajado durante años en un sistema. Obreros que han soldado acero durante meses. Técnicos que realizaron pruebas bajo un sol abrasador. Familias enteras que viven alrededor de un astillero o de una fábrica.

Por eso siempre he considerado superficial la idea de que la industria de defensa sea solamente “vender armas”. ¡No! Es industria especializada. Es tecnología. Es diplomacia. Es estrategia nacional y también es una forma de credibilidad internacional, porque cuando un país compra un buque, un cañón o un sistema misilístico, no está adquiriendo solamente hierro o electrónica. Está comprando confianza y esa confianza puede requerir 10 años para ser construida y 10 minutos para ser destruida por una crisis política, una revolución o un embargo.

Lo comprendí realmente años después, en América Latina: la credibilidad de un país y de una empresa de prestigio internacional depende de que aquello que vende funcione siempre.

Lo comprendí realmente años después, en América Latina, durante una reunión en una Marina para promover el cañón naval de 76/62. Estábamos convencidos de tener el mejor producto y probablemente en realidad lo teníamos. La comparación con el sistema competidor parecía casi desigual: prestaciones, fiabilidad, experiencia operativa, todo jugaba a nuestro favor. Pero a mitad de la reunión un almirante, que escuchaba en silencio, se recostó sobre el respaldo y dijo:

“¿Qué hago yo con un taxi Mercedes en la capital, si para el mismo servicio puedo usar un Toyota?”

En aquel momento comprendí que la partida ya estaba cerrada. La Marina había decidido cambiar. Ciertamente no por razones económicas, quizá políticas, quizá estratégicas y nosotros tuvimos que dejar el campo a los competidores.

Durante años había creído que estaba suficiente con tener el mejor sistema, hasta que descubrí que el mundo real funciona de manera diferente.

Hay países que buscan excelencia tecnológica y otros que buscan simplicidad. Otros más compran en función de equilibrios políticos, alianzas o logística y es allí donde aprendes una regla fundamental: el nivel real de un país no se entiende por los desfiles militares, sino por la manera en que mantiene sus propios sistemas.

Durante años la Armada Chilena fue, en Sudamérica, una de las pocas que adquiría repuestos de manera continua. Cada año ordenaba al menos dos nuevas cañas para el cañón de 76 milímetros. Para algunos podía parecer un desperdicio. Para nosotros significaba algo muy simple: disparaban de verdad. Hacían adiestramiento. Usaban los sistemas, los usaban seriamente. Los chilenos sustituían una caña después de aproximadamente 2500 disparos. Cuando, en cambio, participamos en verificaciones técnicas sobre algunas fragatas de un país vecino, descubrimos que ciertos cañones habían disparado poco más de 200 municiones en 40 años.

En ese momento entiendes que los buques pueden incluso ser idénticos, pero las Armadas nunca lo son.

He visto flotas mantenidas con una disciplina casi obsesiva, y otras mantenidas con cinta adhesiva. He visto comandantes exigir una intervención inmediata por una pequeña avería, y otros convivir durante años con sistemas fuera de servicio como si fuera algo normal.

Una vez incluso me dijeron que en un buque un cañón ya no hacia movimiento en ronza, y que para poder disparar en una determinada dirección era necesario orientar directamente el barco. Todavía hoy no sé si aquello era completamente cierto, pero el simple hecho de que alguien pudiera contarlo sin vergüenza ya explicaba muchas cosas.

Eso es lo que muchos no entienden cuando hablan superficialmente de “armas”. Detrás de un sistema de armas no hay solamente acero, electrónica o explosivos. Hay adiestramiento, mantenimiento, disciplina, responsabilidad industrial y credibilidad nacional. Un automóvil defectuoso provoca una llamada al taller. Un sistema de armas defectuoso puede dejar a un buque solo en el mar.

Por eso nunca me he avergonzado de mi trabajo. Yo no he vendido armas para hacer la guerra. He vendido sistemas que debían funcionar cuando alguien, en alguna parte del mundo, realmente los necesitara. Y después de 41 años pasados entre cañones, buques, embajadas y también guerras cercanas o lejanas, sigo pensando que lo más importante no era vender armas.

Era ser fiables.

*Andrea Guidugli / Consultor y Periodista

Miembro Federación Periodistas de la
ciudad di Madrid. Periodista y Opinionista
acreditado por la Federación Internacional
de la Prensa de Bruselas
Italia / Articulista Invitado

Compartir esta noticia

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp
Email