Mike Pizarro / Opinión
Miami, EE.UU.- Todos aquellos profesionales militares que ya no estamos en servicio activo —y que, por ello, aún podemos hablar con franqueza— estamos llegando, de forma independiente pero consistente, a la misma conclusión… esta guerra está perdida.
No por falta de poder sino por la más absoluta ausencia de dirección política y estratégica. Nadie, ni en los Estados Unidos ni en Europa, es capaz de explicar y describir –racionalmente- cuál es la misión y el objetivo que perseguimos, ni la razón por la que estamos combatiendo en esta guerra contra Irán.
La historia militar siempre nos permite detectar la realidad, que muchas veces es incómoda, pero claramente conocida. Un adversario asimétrico, disciplinado, adaptable y dispuesto a improvisar con recursos limitados no necesita igualar sus capacidades para imponerse. Solo necesita sobrevivir, absorber el golpe inicial y prolongar el conflicto lo suficiente como para que la superioridad del adversario se convierta en su propia carga logística sobreextendida e insoportable. Ya hemos visto este patrón. No es teoría. Es experiencia. Lo ve hasta un niño. Por eso insisto, la guerra está perdida.
Quien escribe estas líneas no lo hace desde la distancia ideológica de un comunista cubano antinorteamericano ni desde una postura rusa antioccidental. Quien aquí se expresa no es un analista extranjero sentado en Corea del Norte ni un crítico político de la extrema izquierda en Beijing. Es un Infante de Marina de los Estados Unidos, con experiencia de combate en el Medio Oriente, que ha visto de primera mano cómo nuestra superioridad militar puede diluirse cuando no está respaldada por una estrategia clara, una misión coherente y un objetivo perfectamente entendible y razonable. Mi general… ¿Cuál es la misión?
La historia militar no perdona a quienes confunden la destrucción de ciudades y tanques enemigos… con la “victoria”. Y, sin embargo, una vez más, Washington parece decidido a ignorar esa lección. 30 días después del inicio de la campaña militar contra Irán, Estados Unidos e Israel pueden exhibir una impresionante secuencia de logros tácticos, miles de misiones aéreas ejecutadas con precisión, infraestructuras críticas golpeadas, objetivos de alto valor eliminados y una demostración incuestionable de superioridad tecnológica. Pero en el nivel en el que realmente se ganan o se pierden las guerras —el estratégico— el balance es profundamente preocupante. Sospechosamente extraño.
La guerra no se define por lo que se destruye, sino por lo que se consigue. Y hasta ahora, no se ha conseguido nada. Absolutamente nada. Me explico…
Ocho objetivos, ocho fracasos
La campaña comenzó con una serie de objetivos ambiciosos, casi maximalistas, que buscaban rediseñar el equilibrio de poder en Medio Oriente. 30 días después, el resultado es inequívoco:
1. Cambio de régimen político? FRACASO
No solo no cayó el régimen, sino que se fortaleció. Cambiamos a un Jomeneí de 90 años por un Jomeneí de 50 años. El resultado ha sido la transición exitosa hacia un liderazgo más joven, más ideológico y mucho más radical. Lo que se pretendía debilitar se ha endurecido. La guerra, lejos de fracturar el sistema, lo ha cohesionado.
2. Rendición incondicional? FRACASO
Irán no solo no se rinde, sino que se burla abiertamente de sus atacantes en redes sociales. La narrativa de una capitulación rápida ha colapsado. La credibilidad estratégica de Washington se erosiona con cada día de promesas incumplidas sobre una rendición que no existe.
3. Imposición de un nuevo liderazgo? FRACASO
La idea de dictar desde la Casa Blanca quién gobernará a 91 millones de iraníes ha demostrado ser una fantasía. La Delcy Rodríguez iraní no existe. El poder real sigue donde siempre estuvo, dentro del sistema clerical y del aparato de seguridad del Estado.
4. Liberación del pueblo iraní? FRACASO
El efecto ha sido el opuesto. Los bombardeos han generado cohesión interna, reforzando el control del régimen y radicalizando su discurso. El nacionalismo, no la disidencia, ha sido el resultado dominante.
5. Destrucción de la capacidad misilística? FRACASO
Tras un mes de guerra, los misiles iraníes no se detienen y siguen cayendo diariamente sobre ciudades israelíes y posiciones norteamericanas. La población civil en todo el Golfo Pérsico vive bajo una amenaza constante. La capacidad de fuego iraní no ha sido neutralizada y amenaza con dejar a millones de árabes sin agua potable. Pero aquí toca poner voces de alarma. Al analizar y revisar los medios de prensa alemanes, británicos, franceses e italianos, es evidente concluir que las ciudades israelíes han sido devastadas y sus edificios pulverizados por los misiles iraníes. Por eso, revuelve el estómago comprobar que medios de prensa latinoamericanos y estadounidenses han decidido ocultar esta información en un intento de engañar a quienes se alimentan diariamente de su información. Tras 100 años de lucha por la libertad de prensa, la democracia y la transparencia sagrada de la profesión periodística, resulta doloroso ver cómo —con unas monedas de plata— se pueden comprar editoriales completas.
6. Eliminación del programa nuclear? FRACASO
Tras miles y miles de misiones de bombardeos aéreos que ya casi aburren al lector, el programa nuclear iraní sigue existiendo. La contradicción es evidente: instalaciones supuestamente destruidas en junio del año pasado aún siguen siendo objetivos militares de nuestra fuerza aérea. La campaña ha entrado en un ciclo de eternos bombardeos erráticos e interminables, sin efecto estratégico alguno.
7. Destrucción del poder militar iraní? FRACASO
Lejos de colapsar, Irán ha demostrado una capacidad de mando y control francamente sorprendente para sostener operaciones militares y, más grave aún, para imponer un control total y absoluto en un punto crítico del sistema global… el Estrecho de Ormuz.
8. Campaña aérea estratégica decisiva? FRACASO
Israel publica en sus redes sociales que ha realizado más de 15.000 misiones aéreas de bombardeo durante más de 31 días de ataques constantes. Al día de hoy, 1 de abril, el enemigo no solo no se doblega, sino que mantiene la iniciativa en múltiples dominios. La campaña aérea, sin un objetivo político claro, se ha convertido en un ejercicio de desgaste sin dirección. Nuestros pilotos ven desde sus cabinas cómo los misiles iraníes pasan a su lado en dirección a las bases militares y las refinerías, sin poder hacer nada para detenerlos. Entonces, si dominamos el espacio aéreo, ¿por qué decenas de misiles han estado impactando en todos estos objetivos día y noche?

Analicemos ahora esto sin pasiones
La campaña comenzó con una ambición extraordinaria, casi desbordada, orientada a rediseñar el equilibrio de poder en Medio Oriente en cuestión de semanas. Sin embargo, el primer objetivo —el cambio de régimen— no solo no se ha alcanzado, sino que ha producido el efecto inverso. El sistema político iraní no se ha fracturado; se ha consolidado. La transición hacia un liderazgo más joven, más ideológico y más radical no representa una debilidad, sino una mutación hacia una forma aún más resistente, monstruosa y agresiva. Lo que se pretendía debilitar se ha endurecido hasta niveles extremos y, francamente, fanáticos.
La expectativa de una rendición incondicional se ha evaporado con la misma rapidez con la que fue anunciada. Trump aseguraba todos los días -a la hora del desayuno— que Irán ha sido destruido y que esta tarde espera su carta de rendición. Lejos de capitular, Irán ha respondido con una narrativa de desafío abierto, proyectando imágenes de resistencia y burlándose públicamente de sus adversarios. En ese contexto, las amenazas occidentales han perdido peso, no por falta de capacidad militar, sino por la ausencia de credibilidad estratégica.
La idea de imponer desde el exterior un nuevo liderazgo a una nación de 90 millones de habitantes ha quedado expuesta como una ilusión infantil, irresponsable y sin base en la realidad política. El poder en Irán no se transfiere por presión externa, sino por dinámicas internas profundamente arraigadas en su estructura clerical de 10.000 mulás (clérigos chiitas) y en su aparato de seguridad. Ninguna operación aérea, por precisa que sea, puede alterar ese equilibrio de liderazgo interno robusto y fanático.
Tampoco se ha materializado la supuesta liberación del pueblo iraní. Los bombardeos israelíes de hospitales y escuelas públicas, lejos de generar una fractura interna, han producido cohesión. El régimen ha encontrado en la agresión externa de los pilotos israelíes el relato perfecto para reforzar su control, radicalizar su discurso y consolidar su legitimidad ante la población. El nacionalismo ha reemplazado a la histórica disidencia como fuerza dominante. ¿Realmente debo seguir?
En el plano militar, la promesa fácil y populista de “destruir” la capacidad misilística iraní se ha demostrado inalcanzable a corto plazo. ¿En serio? Así es, tras un mes de incesantes bombardeos –15.000 misiones aéreas según CNN– los lanzamientos de misiles iraníes continúan de forma sostenida, impactando ciudades, infraestructuras energéticas y objetivos militares en toda la región. La persistencia de esta capacidad no solo revela la profundidad masiva del arsenal iraní, sino también la limitación inherente de una campaña aérea totalmente incapaz de controlar el territorio que bombardea. Pero eso lo sabe hasta un cadete de la Academia Militar de Guatemala. Si usted le hubiera preguntado a ChatGpt en febrero, semanas antes de la guerra, la I.A. le habría dicho la verdad. Irán tiene más de 6.000 misiles balísticos. Ahora, y después de 30 días de combate, han gastado menos de 2.500. Y sí… usted tiene razón al hacerse las mismas preguntas… ¿Cuántos misiles necesita Irán para cerrar el Golfo durante un año? ¿Cuántos misiles balísticos y drones suicidas fabrican al día? Etcétera, etcétera, etcétera. Nadie necesita resucitar a Patton, Rommel o Sun Tzu porque siempre llegaremos a la misma conclusión. La guerra está perdida. Toca negociar.
La situación del programa nuclear añade una capa adicional de complejidad. Tras miles de misiones y bombardeos continuos, la evidencia sugiere que el programa no ha sido eliminado. La paradoja y un grado de incompetencia militar son evidentes. ¿Por qué objetivos supuestamente destruidos hace casi un año… ahora siguen siendo atacados? La sugerencia de que ahora toca enviar Fuerzas Especiales a 400 kilómetros al interior de Irán -a buscar el uranio enriquecido que no fue destruido- evidencia una planificación errática y llena de órdenes contradictorias. Claramente, la campaña ha entrado en un ciclo de repetición e incoherencia que no produce resultados estratégicos, pero sí consume recursos billonarios a un ritmo acelerado, sospechosamente apresurado.
Más preocupante aún es constatar que el poder militar iraní no ha colapsado. Por el contrario, ha demostrado una capacidad inesperada para sostener operaciones de combate y proyectar fuerza en un dominio crítico: el marítimo. En este escenario, el Estrecho de Ormuz emerge como el verdadero centro de gravedad del conflicto. La verdadera y delicada yugular de las fuerzas que atacan. Irán no necesita cerrarlo para imponer su control… basta con introducir incertidumbre. Minas navales, amenazas de destrucción selectiva contra buques petroleros y presión psicológica sobre las aseguradoras han sido suficientes para alterar el flujo energético global. De 130 buques que transitan al día en el estrecho, hoy lo hacen tres… y sin seguro contra ataques militares. Si el buque se daña o se hunde… el seguro no paga un centavo de los $300 millones de dólares. (Valor combinado del costo del buque y de su carga.)
¿Por qué todos los analistas militares estamos diciendo lo mismo?

Le explico. Todos los ejercicios militares de Estados Unidos desde el 2003 llegaban siempre a la misma conclusión… El Estrecho de Ormuz no es solo un punto geográfico, sino un instrumento de poder estratégico. Si Irán entraba en guerra, lo primero que haría sería cerrar el estrecho. O sea, ¿todo el mundo lo sabía, excepto el presidente Trump? Con el estrecho cerrado y bajo el control de Irán —por al menos un año más— la guerra ha trascendido el plano militar para convertirse en un factor de disrupción económica global. Y en este terreno, la ventaja no está necesariamente del lado de quien posee el mayor poder militar convencional. El poder lo tiene quien controla el 20% de la energía del planeta. Por eso insisto, la guerra está perdida.
El error fundamental que atraviesa toda la campaña es el mismo que definió los conflictos anteriores; la confusión entre el “éxito” táctico de bombardear y vaporizar a 3 millones de vietnamitas y el fracaso en lograr la victoria estratégica. Tal como advirtieron múltiples analistas militares tras Irak y Afganistán, la excelencia de nuestra valerosa infantería en el campo de batalla no puede compensar la ausencia de un objetivo político claro. Hoy, ese vacío vuelve a ser evidente. No existe una definición coherente del objetivo final deseado, ni una narrativa política capaz de sostener una campaña prolongada, ni una estructura legal plenamente alineada con la magnitud del conflicto.
Estados Unidos e Israel han demostrado que pueden golpear con precisión y contundencia. Pero aún no han definido qué significa ganar.
Mientras tanto, Irán, lejos de colapsar, opera como un sistema adaptativo. Es una medusa. Su arquitectura de poder no depende exclusivamente de infraestructuras físicas. Se apoya en redes, en ideología, en resiliencia organizacional y en una estrategia diseñada para absorber el impacto inicial y prolongar el conflicto. En ese contexto, cada día que pasa sin un objetivo claro favorece al actor que mejor entiende la guerra como un proceso de desgaste físico, mental y espiritual.
La idea de un cambio de régimen, en este escenario, no es una estrategia viable, sino una proyección teórica completamente desconectada de la realidad histórica, una que demuestra un nivel de ignorancia peligrosa. La República Islámica ha demostrado durante décadas una notable capacidad para resistir la presión externa. Cada intento de intervención refuerza su cohesión interna y valida su narrativa de resistencia.
Si la trayectoria actual se mantiene, y este analista militar así lo predice, el conflicto evolucionará hacia una fase más amplia, más prolongada y más costosa. Muchísimo más costosa. La presión iraní sobre las rutas marítimas se intensificará, el impacto económico se profundizará y la necesidad de desplegar fuerzas terrestres aumentará como consecuencia directa del fracaso de la campaña aérea. Lo que comenzó como una operación rápida corre el riesgo de convertirse en un “compromiso de guerra” de un año… y, si no ganamos y, en cambio, sufrimos bajas norteamericanas insoportables, todo parece indicar que Tel Aviv tratará de convencer a Washington de lanzar una bomba nuclear para terminar con el conflicto y que –al igual que lo hicimos en Japón– será por “el bien de todos”. Para allá va la pelota. Es demasiado evidente.
Frente a este escenario, una política de contención y negociación con Teherán emerge no como una opción ideológica, sino como una necesidad estratégica. No se trata de una solución espectacular ni de una victoria inmediata. Se trata de una aproximación fría, disciplinada, orientada a limitar el conflicto, a proteger los intereses críticos de los países del Golfo y a evitar una escalada fuera de control. La contención implica aceptar la realidad del adversario, gestionar el riesgo y actuar dentro de límites definidos. ¿En castellano? Como norteamericanos, nos toca aceptar la derrota, cancelar los desembarcos anfibios en las cuatro islas, evitar la muerte de cientos de soldados e infantes de marina, negociar con Irán la retirada de nuestras fuerzas y dejar que Netanyahu y sus aliados en el Golfo continúen con el conflicto como mejor se ajusten a sus intereses especiales. Después de todo, los mapas no mienten. Esta guerra es… al final del día, un conflicto entre ellos. Los que viven en ese barrio.
La historia es fría y cruel, pero así funciona. Las guerras no se juzgan por cómo comienzan, sino por cómo terminan. Estados Unidos e Israel han demostrado una capacidad táctica extraordinaria. Pero la guerra no se gana con bombas y explosiones televisadas, sino con el cumplimiento exitoso de los objetivos políticos definidos al comienzo del conflicto.
Y hoy, esos objetivos siguen ausentes. Sospechosamente ausentes. Como si una mano oscura quisiera asegurarse de que el Presidente Trump continúe dando órdenes absurdas que aseguren en abril una derrota militar histórica, tan severa y catastrófica… que obligue al pueblo norteamericano, con el labio ensangrentado y cegado por la furia, a pedir venganza y a gritar por una guerra total y sin límites contra Irán. Y en una guerra de destrucción mutua sin restricciones entre Irán y Estados Unidos… los que se benefician son otros, y ahí está el ángulo que no vemos. Por eso, la alarma y la preocupación de quien escribe estas líneas.
Si no se corrige el rumbo, esta guerra seguirá un patrón conocido; éxitos tácticos aislados, la muerte de cientos de infantes de marina y paracaidistas norteamericanos, la tardía aceptación del fracaso estratégico y un legado de humillantes consecuencias históricas que –publicadas con crueldad en los libros de historia- se extenderá mucho más allá del actual campo de batalla.
La historia ya ha escrito este desenlace en múltiples ocasiones. La incógnita no es cómo termina este tipo de guerra, porque si Trump es convencido de ignorar el consejo de sus generales, todos sabemos cómo terminará este conflicto.
La incógnita urgente en este minuto es si alguien, esta vez, tendrá el valor y el patriotismo de golpear la mesa con decisión y convencer al presidente Trump de cambiar el final y evitar que nos lleve a un abismo histórico del que no podremos recuperarnos durante décadas. Es por eso que, en este momento, aún me niego a decir… Alea Jacta Est. Top of Form

José Miguel “Mike” Pizarro / Articulista invitado
EE.UU.
Ex oficial del Ejército de Chile, graduado de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE), Analista de Defensa de CNN en Español, ex U.S. Marine y veterano de 4 años de la guerra en Irak. Ex oficial de artillería de montaña, comandante de tanques pesados M1A1 Abrams y ex asesor militar norteamericano en Colombia.



