La guerra cuando el GPS miente

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  • Jamming, spoofing y nuevas tecnologías están transformando una dependencia invisible en un nuevo campo de batalla. Del Báltico al Mar Negro, la capacidad de operar cuando las señales satelitales dejan de ser fiables se ha convertido en un factor de superioridad militar.

*Andrea Guidugli / Opinión

La Spezia, Italia.- Durante décadas, la superioridad tecnológica occidental se construyó sobre una certeza aparentemente sencilla: saber dónde estamos. No aproximadamente. ¡Exactamente!

Una nave puede conocer su posición con una precisión que habría parecido extraordinaria a un navegante de hace apenas medio siglo. Un avión puede compartirla con otras plataformas. Un sensor puede localizar un objetivo y transmitir sus coordenadas. Sistemas separados por cientos o miles de kilómetros pueden trabajar utilizando una referencia temporal común con precisiones que se miden en millonésimas e incluso milmillonésimas de segundo.

Buena parte de esa arquitectura invisible depende de algo que utilizamos diariamente sin pensar demasiado en ello: el GPS y, de manera más amplia, los sistemas globales de navegación por satélite, GNSS.

Pero ¿qué ocurre cuando alguien consigue que esa información desaparezca?

Peor aún: ¿qué ocurre cuando consigue que sea falsa?

Esta vez no hace falta imaginar una serie de Netflix.

Está ocurriendo.

Desde finales de 2023, los países del norte de Europa comenzaron a registrar un crecimiento extraordinario de las interferencias GNSS en el Báltico.

Jamming para impedir la recepción de las señales.

Spoofing para transmitir señales falsas y hacer creer al receptor que se encuentra en una posición diferente.

En marzo de 2026, una investigación de The Times describía zonas del Báltico donde las interferencias habían llegado a ser tan intensas que algunos buques civiles tuvieron que recurrir nuevamente a métodos tradicionales de navegación. El periódico señalaba además un detalle mucho más significativo para la defensa: también algunas unidades militares habían sufrido ocasionalmente dificultades para determinar su rumbo utilizando GPS.

No significa que una fragata moderna quede repentinamente perdida en medio del mar. Significa algo bastante más complejo.

El Báltico se ha convertido en uno de los grandes laboratorios reales de una guerra electrónica en la que el objetivo no es necesariamente destruir un sensor, sino conseguir que deje de ser fiable.

Las dimensiones del fenómeno continúan aumentando. En mayo de 2026 Reuters informó, citando a la autoridad lituana de comunicaciones, que las antenas rusas utilizadas para spoofing en Kaliningrado habrían pasado de tres a comienzos de 2025 a 36, con capacidad potencial para producir señales falsas hasta unos 450 kilómetros de distancia. Moscú ha negado reiteradamente las acusaciones occidentales de interferencia deliberada.

El problema tampoco se limita al Báltico. La OTAN ha señalado interferencias crecientes y cada vez más sofisticadas en regiones que incluyen también el Mar Negro y el Mediterráneo.

En el Mar Negro, donde desde 2022 conviven operaciones navales, aéreas, misiles, drones y una intensa actividad de guerra electrónica, la capacidad de negar o alterar el acceso al GNSS forma parte de un entorno operacional mucho más amplio.

Por eso hablar hoy de una guerra sin GPS ya no significa describir un escenario hipotético. Significa preguntarse cómo combatir dentro de un entorno que ya existe.

Pero una fragata tiene radar

Aquí aparece una objeción evidente. Una nave militar moderna no navega como un automóvil siguiendo las instrucciones de un navegador.

Dispone de radares. Girocompases. Sistemas de navegación inercial. Cartografía electrónica. Sensores electroópticos. Sonar. Equipos de comunicaciones y numerosos sistemas independientes o redundantes. Además, sus tripulaciones están entrenadas para continuar operando cuando alguno de esos sistemas deja de funcionar. Entonces, ¿por qué debería preocuparnos tanto que desaparezca el GPS? Porque la pregunta está mal formulada.

El GNSS no sirve únicamente para colocar un pequeño punto sobre una carta. Forma parte de algo mucho más importante denominado PNT: Positioning, Navigation and Timing.

Posición, navegación y tiempo. Las dos primeras palabras resultan intuitivas. La tercera es mucho menos visible. Quizás sea la más interesante.

Los satélites GPS llevan relojes atómicos extraordinariamente precisos. Las señales que transmiten proporcionan una referencia temporal que permite sincronizar sistemas separados físicamente entre sí. En las operaciones militares modernas, esa sincronización puede ser fundamental para comunicaciones, redes de sensores, intercambio de información y coordinación entre diferentes plataforma, la Defense Advanced Research Projects Agency (DARPA), la agencia estadounidense encargada de desarrollar tecnologías avanzadas para la defensa lo explica de manera particularmente gráfica: la guerra moderna necesita en determinadas aplicaciones sincronizaciones que llegan a medirse en mil millonésimas de segundo. Un error de apenas unos nanosegundos puede traducirse en errores de posición del orden de metros. Por eso perder GPS no significa solamente que el comandante de una nave tenga que preguntarse dónde se encuentra.

Puede significar que una parte de la arquitectura digital que conecta sensores, comunicaciones y sistemas de misión tenga que continuar funcionando sin una de sus referencias comunes.

Esta diferencia es esencial. Una fragata puede seguir navegando sin GPS.

La pregunta militar verdaderamente interesante es otra: ¿puede continuar combatiendo con la misma eficacia?

Cuando los sistemas dejan de estar de acuerdo

Existe una diferencia fundamental entre destruir y degradar.

En la guerra tradicional, un sistema estaba operativo o había sido destruido. La guerra electrónica introduce una zona mucho más incómoda. El sistema sigue funcionando. La pantalla continúa encendida. Los datos siguen llegando. Pero algunos pueden no ser correctos.

El jamming resulta conceptualmente sencillo: si el receptor deja de recibir correctamente las señales GNSS, el operador sabe que ha perdido una determinada fuente de información.

El spoofing introduce un problema distinto. El receptor puede seguir calculando una posición. Solo que esa posición puede ser falsa.

Para un sistema militar moderno, por tanto, la cuestión no consiste únicamente en disponer de redundancia. Consiste en determinar cuál de varias fuentes merece confianza.

Radar, navegación inercial, observaciones electroópticas, información procedente de otras unidades, referencias geográficas y GNSS pueden proporcionar datos que el sistema debe comparar continuamente. Si todos coinciden, el problema es sencillo. Cuando dejan de hacerlo comienza la verdadera dificultad. ¿Quién está mintiendo?

Aquí vuelve a cobrar protagonismo una tecnología mucho más antigua que el GPS: la navegación inercial.

Un INS —Inertial Navigation System— utiliza giróscopos y acelerómetros para calcular continuamente el movimiento de la plataforma sin necesitar señales externas. Para una nave militar constituye una enorme ventaja: nadie puede apagar desde tierra un giróscopo simplemente transmitiendo una señal de radio, pero la navegación inercial tiene un límite conocido. Los pequeños errores se acumulan. Con el paso del tiempo la posición calculada comienza a separarse progresivamente de la real. El GNSS permite corregir periódicamente esa deriva. Por eso el futuro probablemente no consistirá en elegir entre GPS e INS. Consistirá en integrar GNSS, sistemas inerciales, radar, sensores electroópticos, referencias terrestres o astronómicas y otras fuentes independientes dentro de una arquitectura capaz de detectar incoherencias y decidir qué información utilizar. En otras palabras, no basta con disponer de muchos sensores. Hay que enseñar al sistema a desconfiar de ellos.

La paradoja se vuelve todavía más interesante cuando aparece una tecnología que parecía pertenecer al pasado. La navegación astronómica.

La U.S. Navy nunca abandonó completamente el conocimiento necesario para utilizarla y el U.S. Naval Observatory continúa proporcionando los datos astronómicos necesarios para determinar líneas de posición mediante observaciones de cuerpos celestes. Pero el concepto moderno ya no tiene por qué significar necesariamente un oficial utilizando manualmente un sextante sobre el puente. Cámaras y sensores pueden observar estrellas, reconocerlas automáticamente y proporcionar referencias que después se combinan con sistemas inerciales y otras fuentes.

El principio continúa siendo el mismo que utilizaron generaciones de navegantes. La tecnología es completamente diferente. En un mundo en el que alguien puede interferir con una señal radioeléctrica, las estrellas poseen una característica extraordinariamente atractiva: no pueden ser apagadas por un jammer.

El tiempo sin GPS

La siguiente frontera es todavía menos intuitiva. Si una fuerza militar necesita continuar operando durante días, semanas o meses sin utilizar el tiempo distribuido por GPS, necesita relojes extraordinariamente estables.

En marzo de 2026 DARPA anunció avances significativos dentro del programa ROCkN — Robust Optical Clock Network. El objetivo es desarrollar relojes ópticos tácticos capaces de conservar una referencia temporal comparable a la del GPS durante largos periodos sin necesitar sincronización con los satélites.

Uno de los prototipos compactos pretende mantener precisión subnanosecond durante aproximadamente dos semanas. Un sistema de mayores dimensiones está diseñado para sostener una red regional durante más de seis meses.

Lo más interesante es que ya no estamos hablando exclusivamente de un experimento de laboratorio.

DARPA informó que estos sistemas habían sido probados en aeronaves, vehículos terrestres y también durante tres semanas en el mar a bordo de una nave militar que navegó en el Pacífico.

En agosto de 2026 DARPA dio un paso adicional con el lanzamiento del programa It’s About Time, destinado a establecer una línea piloto de fabricación de relojes ópticos tácticos y trasladar a escala industrial las tecnologías desarrolladas en ROCkN. La guerra sin GPS empieza, por tanto, a abandonar los laboratorios.

Encontrar al que está mintiendo

Existe otra forma de enfrentarse al problema. No limitarse a resistir la interferencia. Encontrarla.

En abril de 2025 la NATO Communications and Information Agency (NCIA) presentó GANDALF-4, un sistema experimental diseñado para detectar, clasificar y localizar intentos de interferir o engañar las señales GNSS. La idea es importante porque transforma el jamming y el spoofing.

Una interferencia deja de ser simplemente un problema sufrido pasivamente por el receptor y puede convertirse en una emisión que puede ser detectada, caracterizada y localizada.

En julio de 2026 NATO llevó esta tecnología a un entorno marítimo real. Especialistas de NCIA instalaron GANDALF a bordo del patrullero offshore finlandés Turva y en un helicóptero H215 Super Puma de la Guardia de Fronteras finlandesa. Entre el 6 y el 9 de julio realizaron pruebas destinadas precisamente a detectar, clasificar y localizar interferencias GNSS en condiciones representativas.

Los resultados fueron anunciados por NATO el 21 de agosto de 2026. La fecha merece atención.

No estamos hablando de un proyecto de hace diez años recuperado para explicar una amenaza moderna. Estamos hablando de una tecnología probada en el mar hace apenas unas semanas.

La nueva superioridad tecnológica

Todo esto está cambiando la propia definición de innovación militar.

Durante décadas la evolución tecnológica buscó fundamentalmente mayor precisión.

Un sensor más preciso.

Un arma más precisa.

Una posición más precisa.

Una sincronización más precisa.

Ahora aparece otra variable: la resiliencia.

No importa solamente cuánto puede hacer un sistema cuando todo funciona correctamente. Importa cuánto puede continuar haciendo cuando parte de la información desaparece o, todavía peor, cuando el adversario intenta contaminarla deliberadamente.

En ese escenario, disponer de cinco sensores no garantiza necesariamente seguridad. Cinco sensores dependientes de una misma referencia pueden compartir la misma vulnerabilidad.

La verdadera redundancia comienza cuando las fuentes son suficientemente diferentes para que el fallo o la manipulación de una no arrastre consigo a las demás.

GNSS.

Inercial.

Radar.

Electroóptica.

Referencias terrestres.

Navegación astronómica.

Relojes autónomos.

El futuro probablemente estará en la capacidad de combinarlos.

Existe además una idea que merece ser aclarada. Cuando hablamos de operaciones GPS-denied tendemos a imaginar satélites destruidos o una guerra espacial en la que las constelaciones dejan de existir. No hace falta llegar tan lejos. Los satélites pueden continuar orbitando perfectamente. El problema puede encontrarse en los últimos kilómetros del viaje de su señal. Después de recorrer aproximadamente veinte mil kilómetros desde la órbita hasta la Tierra, la señal GNSS llega extraordinariamente débil al receptor. Una fuente de interferencia relativamente próxima puede resultar mucho más potente.

Ésa es una de las asimetrías fundamentales del problema. No es necesario derribar un satélite que cuesta cientos de millones. Puede bastar con impedir que su señal sea utilizable donde y cuando resulta necesaria.

Durante mucho tiempo, las fuerzas occidentales combatieron acostumbradas a disponer de una extraordinaria infraestructura de información.

GPS.

Satélites.

Enlaces de datos.

Redes.

Sensores distribuidos.

Esa capacidad continúa representando una enorme ventaja, pero también ha creado dependencia. Los conflictos recientes y, de manera particularmente visible, el entorno electromagnético del Báltico y del Mar Negro están recordando algo que las generaciones anteriores de militares conocían perfectamente: el enemigo siempre intentará negar aquello que nos proporciona una ventaja.

Por eso quizás la próxima revolución no consista en construir un sistema capaz de decirnos dónde estamos con un centímetro más de precisión. Puede consistir en construir una fuerza que continúe sabiendo dónde está cuando alguien intenta convencerla de que se encuentra en otro lugar, y que, incluso entonces, pueda seguir combatiendo.

*Andrea Guidugli / Italia

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Miembro Federación Periodistas de la
ciudad di Madrid. Periodista y Opinionista
acreditado por la Federación Internacional
de la Prensa de Bruselas
Articulista Invitado / Consultor y Periodista

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