Mike Pizarro / Opinión
Miami, EE.UU.- Hay algo en las guerras modernas que el ciudadano común a menudo no logra entender. En la vida real —aunque la prensa diga lo contrario— las guerras casi nunca terminan porque alguien “ganó” y decidió anunciar la “victoria”. Las guerras modernas – esas que no tienen actas de rendición formal – no se cierran con discursos. Se terminan cuando uno de los bandos, en silencio, mirando mapas que ya no le agradan, gráficas de costo insoportables e informes catastróficos, llega a la simple conclusión de que seguir… ya no vale la pena. Incluso si en el papel y en CNN parece que va ganando.
Ese momento llega cuando – en privado – hasta los más fanáticos reconocen que prolongar la guerra deja de ser algo lógico. Esto se vuelve aún más insoportable cuando el costo político en casa empieza a superar cualquier beneficio futuro posible, y sostener el conflicto resulta simplemente imposible de justificar para el 80% de la población… ahí es cuando todo cambia. La guerra no se acaba porque alguien ganó la competencia de lanzar más bombas a tierra… se acaba porque alguien decidió – tras mirar la cuenta de cobro y la pizarra de “victorias”, esas que están huérfanas de resultados – que seguir era un error de cálculo descomunal e insostenible… y también porque tu propios generales y almirantes ahora están empezando a girar la cabeza hacia el líder, lanzando una mirada de evidente disgusto y frustración.
¿No me cree? Permítame refrescarle la memoria.
Estados Unidos lanzó ofensivas, ocupó territorios y sometió a Vietnam, Irak y Afganistán durante décadas. Para luego —tras dilapidar trillones de dólares, poblar cementerios con decenas de miles de soldados norteamericanos caídos y arrastrar consigo a un millón de heridos y mutilados— simplemente decidió replegarse a los Estados Unidos sin conservar una sola base militar bajo su control.
Nada. Ni una isla, ni un puerto, ni una ciudad quedaron en nuestras manos. Todo fue abandonado. Estados Unidos es la única nación en la historia moderna capaz de devastar países enteros, salir derrotada del conflicto y, aun así, reactivar su economía al día siguiente como si nada hubiese ocurrido. Lo entregó todo. No capitalizó nada. Y, con una frialdad e inmadurez casi infantil, simplemente se sacudió el polvo, ajustó la corbata y sentenció:
“Me aburrí. Vámonos a casa.”
Ese momento —ese “no quiero seguir jugando”— no sale en los titulares. No lo anuncian los presidentes. No lo reconocen los generales frente a las cámaras. Pero ocurre. Y cuando ocurre… todo cambia. Ese momento secreto llegó hace semanas en el extraño y cada vez más sospechoso enfrentamiento entre Estados Unidos, Israel e Irán. Mientras millones de personas ven imágenes de ataques desproporcionados, amenazas extremas contra millones de civiles y discursos apocalípticos, creen —pegados a sus celulares— que están presenciando otro conflicto más en el Medio Oriente. Pero no. Están viendo solo la superficie. Están mirando el escenario y se deleitan con la ropa de los actores… pero no entienden la obra. Lo que ocurre frente a sus ojos es una puesta en escena. Una narrativa cuidadosamente construida. Una “obra teatral” incómoda de admitir, pero demasiado evidente para quien decide mirar un poco más allá.
En el mundo real, las decisiones importantes no se gritan… se esconden. Así es. El mensaje que usted consume todos los días desde Washington y Tel Aviv dejó de ser información… y pasó a ser propaganda militar disfrazada de espectáculo. Una narrativa tipo “Doritos” diseñada para ser fácil de digerir, rápida de consumir y, sobre todo, poco cuestionada. Y funciona. Funciona a la perfección porque quienes la reciben no tienen tiempo —o interés— para profundizar, leer la historia ni entender cómo realmente operan los conflictos bélicos. Y quienes lo están alimentando, a usted y a su familia, de noticias breves y simples, lo saben. El presidente de Estados Unidos y el primer ministro de Israel cometieron errores de cálculo fatales, extremos, y ahora están improvisando. Para salir del enredo, ambos están apostando a algo muy concreto… que usted no cambiará sus hábitos en los próximos días. Que va a seguir viendo fotos y luces… pero nunca analizando lo que realmente está ocurriendo. ¿Y por qué?
Le explico.
Washington ya entendió que esta guerra, tal como fue originalmente concebida, no se puede ganar de manera lógica, beneficiosa, ni definitiva. La guerra está perdida. No hay cómo ganarla. Y cuando una potencia como Estados Unidos llega a esa conclusión, no se retira como derrotado. En cambio, le toca cambiar el tablero completo, despedir a todos los actores originales, cambiar el libreto y reinventar la historia. Una nueva historia. Algo diametralmente distinto y opuesto a la película original, porque esto es una catástrofe. Y una catástrofe de este tamaño es para otros estadounidenses… los verdaderos estadounidenses, una oportunidad. Una gran oportunidad. Una que estábamos esperando desde 1823.
Irán no colapsa… y ahí se rompe la estrategia
Durante décadas, Estados Unidos perfeccionó un modelo de presión que funcionaba como una máquina de guerra bien aceitada. Al combatir al adversario, se aplicaban sanciones, se aislaba a su gobierno, se le acusaba de todas las cosas “malas” que a cualquier occidental le ofenderían y, si aún resistía, se le golpeaba con un poder militar masivo, violento, extremo y, tarde o temprano, el otro lado cedía… o dejaba de existir. Irak, Afganistán, Venezuela, etc., todos terminaban con sus capitales capturadas y con tropas norteamericanas abriendo embajadas y consulados en su interior.
Pero ese modelo dependía de una condición fundamental… de que el adversario necesitara el sistema global para sobrevivir. El problema es que Irán – conocedor de su única y especial geografía – decidió no depender de ese sistema. Durante 47 años Irán aprendió a vivir bajo sanciones como quien aprende a respirar con poco oxígeno. Construyó rutas comerciales alternativas, redes financieras indirectas, alianzas no convencionales. Cuando le cerraban una puerta, no insistía, encontraba otra entrada. Y si no la tenía, la creaba. A través de la economía de resistencia (autosuficiencia forzada), Irán diseñó un sistema que obligó a su población a adaptarse y fomentar la producción nacional, especialmente en defensa, misiles y componentes militares. Esto le permitió, de forma sorprendente, reducir su dependencia de las importaciones de alimentos básicos mediante la producción interna.
No es que la presión no le afecte. Le afecta profundamente. Pero no lo rompe. No lo arrodilla. Y cuando un país no se rompe bajo la presión militar, toda la lógica de guerra occidental en la que basamos nuestro plan de batalla y con la que deseamos conducir el conflicto… se desarma, desaparece y nos genera un Jaque Mate.
La guerra del tiempo: En el siglo 21 el que aguanta, gana
La guerra es un enfrentamiento humano a muerte en el que ambos ejércitos se han entrenado para matar a otros humanos que llevan un uniforme diferente al mío. La profesión de soldado no consiste en negociar, ni en diseñar sistemas de parlamento ni en buscar opciones que lleven a mis fuerzas a mesas de diálogo académico con el comandante adversario. Mi misión básica y central es destruirlo en batalla y quitarles la vida a él y a sus hombres de la forma más rápida, violenta y eficiente que mis armas, tropas y recursos me permitan. Desde esa perspectiva, la guerra siempre es un esfuerzo mental, físico y sumamente espiritual. Profundamente espiritual. Porque si no estoy dispuesto a morir, me resultará muy difícil matar en batalla. Y si me “disgusta” matar… esa “incomodidad” me hará imposible ganar la guerra. No importa cuánto entrenamiento recibas en un cuartel. Si tu espíritu no está listo para visitar el infierno y quedarse a vivir en él por un largo tiempo… la batalla está perdida mucho antes de que comiencen los disparos. Eso lo aprendí en Irak, no en un seminario de seguridad y defensa en Panamá.
Y aquí aparece una verdad incómoda. Pero absolutamente clara.
En algún momento, dentro de la Casa Blanca, alguien le simplificó la realidad al presidente Donald Trump de una manera peligrosamente superficial, casi infantil, asegurándole que los iraníes eran, en esencia, muy parecidos a los latinos, solo que hablaban un idioma extraño y vivían al otro lado del mundo. El asesor israelí le aseguró, es más, le garantizó a Trump que, como cualquier sociedad “normal”, por perversa que sea, Teherán terminaría cediendo después de recibir una paliza lo suficientemente contundente, tal como —según esa misma lógica simplista— ocurrió en Venezuela, donde la demostración de fuerza militar bastó para quebrar la voluntad de la cúpula política, generando la rendición instantánea de Delcy Rodríguez. Así de fácil.
Pero esa lectura, cómoda y arrogante, ignoraba por completo el reporte profesional y severo de los generales del Pentágono. Todos los militares en Estados Unidos sabemos que los iraníes no son un pueblo culturalmente equivalente al soldado francés ni representan a la América Latina de Lula, Milei o Petro. Los iraníes son herederos de una civilización persa milenaria, marcada por una fuerte identidad histórica, religiosa y espiritual que no se doblega con la misma facilidad con la que se doblegan las sociedades más pragmáticas o menos cohesionadas. Y ese detalle —ese matiz fundamental que representa la voluntad de lucha fanática de un adversario— jamás fue incorporado al análisis del círculo cercano de Trump. Nadie se tomó el tiempo —o tuvo la honestidad — de explicarle que Irán no está jugando bajo las reglas tradicionales de victoria y derrota occidentales. En esta guerra naval de emboscadas costeras, Irán no necesita ganar la batalla. Solo necesita permanecer con vida, tener acceso a internet y enviar uno o dos mensajes de WhatsApp al día a CNN, amenazando con hundir cualquier buque petrolero que ingrese al estrecho sin autorización. Nada más. Y esa determinación casi lunática… nos ha llevado a la derrota. Irán le ha demostrado al mundo que es capaz —con una mezcla de convicción religiosa y determinación política extrema — de absorber castigo sostenido, de soportar bombardeos constantes y despiadados, sin rendirse, sin colapsar y, lo más peligroso de todo, sin mostrar señales claras de agotamiento.
Y eso lo cambia todo.
Porque en ese escenario, ahora el conflicto deja de ser una competencia de poder militar puro y se convierte, en cambio, en una prueba de resistencia mental, espiritual y física entre el pueblo iraní y los ciudadanos de Israel y Estados Unidos que lo atacan. Ya no se trata de quién tiene más aviones, más misiles o más tecnología. Se trata de quien puede soportar durante más tiempo la presión, el dolor, la muerte, la devastación… y seguir funcionando. En una frase, esto se trata de quién puede habitar en el infierno por largo tiempo sin desesperarse… y considerarlo su nuevo hogar, y esa forma de pensar no existe en nuestra cultura.
Tras semanas de confrontación, empieza a ser evidente que Irán posee la capacidad —y la voluntad— de sostener este tipo de conflicto durante años, incluso décadas, sin necesidad de exhibir resultados inmediatos ni estadísticas espectaculares de victorias tácticas. Su sistema político se lo permite. Irán no está condicionado por elecciones cada cuatro años, ni por encuestas de opinión, ni por ciclos mediáticos que exigen resultados visibles en plazos cortos. Estados Unidos, en cambio, sí vive atrapado en ese ecosistema de votos y Trump depende de una validación constante. Sin resultados, con el estrecho completamente cerrado y con más de 118 países afectados directamente por la falta de gas, petróleo y fertilizantes, Trump necesita justificar cada decisión, explicar cada costo, demostrar avances tangibles en cuestión de meses… o enfrentarse a la presión interna que lo empuja, inevitablemente, a declarar el fracaso.
Como verán, Estados Unidos tiene un talón de Aquiles letal, que lo obliga a explicar cada decisión, justificar cada gasto, mostrar avances reales, y a reacomodarse constantemente, incluso cuando no le conviene. Y en la geopolítica del siglo 21, quien se mueve obligado por terceros con fechas, horarios y plazos límite… empieza a perder.
Entonces… ¿Estados Unidos está perdiendo?
Esa es la pregunta que muchos se hacen. Y la respuesta, es mucho más simple de lo que parece. Estados Unidos ha perdido esta guerra, cierto, pero no está perdiendo su poder militar. El pueblo norteamericano simplemente se cansó de este nuevo conflicto de falsa bandera en las arenas del Medio Oriente. Se fastidió de sostener un sistema de policía global que les cuesta una fortuna a más de 348 millones de norteamericanos. Los trabajadores norteamericanos ahora se dan cuenta de que muchas fábricas de armas en California, Colorado, Virginia, y otros actores en el Congreso y en el Senado han conspirado con el único propósito de ponerse de acuerdo para robarles su dinero al gastar trillones de dólares en guerras fingidas con amenazas inexistentes, en conflictos bélicos fabricados por conveniencia y elección, en guerras que aparecen por ciclos, por verdaderas temporadas “de moda” – nunca simultaneas – siempre en fila, deliberadamente orquestadas para que un grupo de empresarios – y solo ellos – puedan hacerse billonarios en larguísimas campañas militares completamente innecesarias.
Desde el 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos ha intervenido, bombardeado o contribuido a la devastación de los siguientes países en el Medio Oriente: Irak, Afganistán, Siria, Somalia, Yemen, Gaza, Líbano y Libia. ¿Qué tienen en común? Todos son vecinos geográficos de Israel. Todos son de ese barrio. Solamente de ese barrio.
Todas y cada una de estas campañas militares se han ejecutado exclusivamente en función de las necesidades estratégicas de Israel y se han dirigido únicamente contra Estados catalogados como hostiles a sus intereses y siempre en zonas donde Tel Aviv busca afianzar su dominio militar, energético y financiero. Tras los ataques norteamericanos, todos estos países han quedado desarticulados, sin capacidad militar real para enfrentarse a Israel. Gracias a ese respaldo, Tel-Aviv ha conseguido expandir su proyección de poder a escala regional y posicionarse —con una superioridad militar incuestionable— para, en estos días, negociar acuerdos energéticos de alto valor con los ricos, pero militarmente vulnerables, productores de petróleo del Golfo. Por ejemplo, como consecuencia directa de la destrucción de infraestructura crítica de las petroleras árabes —puertos, refinerías y corredores logísticos inoperativos, incapaces de exportar crudo por vía marítima durante los próximos 3 años— Israel negocia con Arabia Saudita, Emiratos, Kuwait y otros para convencerlos de abrir un corredor terrestre que evite el estrecho de Ormuz y redirija los flujos de gas y petróleo a través de territorio Israeli hacia el Mediterráneo, debilitando así al único contrapeso regional que permanece fuera de ese esquema… Irán.
Entonces, si esta guerra contra Irán —la novena en la lista de países señalados por Benjamin Netanyahu en 2002, durante su intervención ante el Congreso de los Estados Unidos— también termina beneficiando a Israel… ¿por qué seguir combatiendo por los intereses económicos de una nación extranjera? Lo que comenzó a evidenciarse en abril de 2026 no es ideología: es puro sentido común. Era inevitable. Ningún norteamericano, canadiense, chileno o colombiano ubica con facilidad a Irán en un mapa, ni mucho menos las islas del Golfo Pérsico donde desembarcarán los U.S. Marines. Los nombres de ciudades, islas y objetivos que hoy son pulverizados por la aviación estadounidense e israelí suenan ajenos para todos nosotros, casi irreales, como los nombres que un doctor les da a los antibióticos modernos. Abu Musa, Khark, Qeshm, Larak, no conectan. No significan nada. Y ver cómo se bombardea a un país, a una cultura y a un pueblo desconocido, en pleno siglo XXI, genera rechazo. Sabe mal. No cuadra.
Todo esto ocurre —y aquí los números importan— mientras se informa que el costo de la operación asciende a $1,2 billones de dólares diarios, lo que significa que, al 15 de abril, el gasto acumulado ya ronda los 55 billones de dólares en lo que muchos perciben como una de las operaciones militares más desastrosas en la historia de Estados Unidos. El ciudadano observa una secuencia brutalmente clara: antes de la guerra el estrecho de Ormuz estaba abierto y hoy está cerrado. Antes fluían 21 millones de barriles diarios y hoy no sale ni uno. Antes existía una industria petrolera funcional en Kuwait, Arabia Saudita, Emiratos, Qatar, Baréin e Irak… hoy sus refinerías y puertos arden en llamas de metal derretido. Antes no caían misiles iraníes sobre las capitales del Golfo y hoy esas poblaciones viven bajo amenaza constante, refugiadas bajo tierra las 24 horas del día. ¿El costo en 46 días de guerra? $55 billones de dólares y sumando.
Y eso, para muchos, tiene un nombre simple… derrota.
Al otro lado del planeta, en ciudades como Miami, Chicago o Nueva York, el ciudadano común sobrevive, no vive, pues apenas logra pagar el costo de la comida, la renta, las cuentas de su seguro médico y un costo de vida que no da tregua y lo exprime mes tras mes. Ese mismo ciudadano —al que nadie le pidió permiso para ir a otra guerra de agresión — hoy carga en sus hombros el peso de un conflicto lejano que no entiende y que no le deja nada. El, su familia y sus vecinos se hartaron de financiar la seguridad de más de 118 países que dependen de ese sistema mucho más de lo que Estados Unidos depende de ellos.

Y por si todo esto fuera poco y defender con todos sus ahorros a Israel, ahora le exigen —con el mismo salario que no le alcanza— que no olvide también subsidiar la defensa de naciones europeas ricas como el Reino Unido, Dinamarca, España, Noruega, Suecia, Italia, Portugal, Irlanda, Finlandia y Francia. Países que disfrutan de universidades y sistemas de salud gratuitos, con beneficios sociales generosos que aquí no existen. Los países de la OTAN pueden darse esos lujos precisamente porque no cargan con ese gasto militar. Mientras tanto, el estadounidense paga la cuenta completa. Sin descuento. Sin elección. Pero hoy, mejor informado, se da cuenta de que ya no quiere seguir haciéndolo.
Ese hartazgo llegó a su límite. Así que no, Estados Unidos no está cayendo. Está soltando. Y cuando una potencia de ese tamaño decide soltar… el resto del mundo deja de sentirse seguro en cuestión de meses.
La “Fortaleza América”: el verdadero movimiento
Aquí es donde todo empieza a tener sentido.
Estados Unidos es el productor de gas y petróleo más grande del planeta, produce su propia energía, tiene alimentos de sobra, tiene las industrias más grandes del mundo occidental, tiene la tecnología más avanzada y el mercado interno más poderoso y rico del planeta. No necesita petróleo del Medio Oriente para funcionar. Ni una gota.
Y cuando una potencia deja de necesitar algo… deja de protegerlo de inmediato. Y aquí la predicción: Trump es un presidente grosero y agresivo, pero si hay algo que ha prometido y que de verdad hará es provocar un nivel bíblico de muerte y destrucción en el Golfo Pérsico antes de irse. Tras agotar sus municiones, hará girar la proa de sus barcos de guerra y regresará a las costas de los Estados Unidos, dejando el estrecho cerrado – bajo el control de Irán – y la industria petrolera del golfo destruida por la guerra. El tiempo que tomará reparar refinerías, terminales marítimos, oleoductos, plantas químicas, muelles y parques de almacenamiento para estar en condiciones de volver a extraer, procesar, embarcar y sacar el mismo número de barriles de petróleo… será de al menos 3 años. Ese daño, esa ausencia de gas y crudo, va a generar – al 1 de Julio del 2026 – una recesión mundial que devastará al 50% del planeta, pero que, curiosamente, no va a alterar mayormente la vida de los estadounidenses. ¿Por qué? Muy fácil. Probablemente Estados Unidos será el nuevo proveedor de ese 20% del petróleo y gas que ha desaparecido, lo que generará ingresos de trillones de dólares al año… durante muchos años.
Estados Unidos no está retrocediendo. Por el contrario. Está replegándose hacia su núcleo de poder natural. Lo que está construyendo —de forma silenciosa pero constante— es lo que este humilde analista ha decidido llamar… la Fortaleza América.
Este masivo centro de poder planetario es un bloque de control y poder que comienza en Canadá, con su abundancia de energía y alimentos atraviesa Estados Unidos como centro industrial, tecnológico y financiero, se apoya en México como plataforma manufacturera y se proyecta hacia Centroamérica y el Caribe, y llega a las costas de Colombia y Venezuela como límite sur de su nueva extensión estratégica. No es ideología. Es geografía. Es lógica pura. Es poder militar sin contrapeso, ese que irrita y ofende a quien no lo tiene.
La Fortaleza América es un ecosistema energético, militar y financiero perfecto, tan completo y poderoso que puede sostenerse por sí mismo por los próximos 100 años. Y, como toda fortaleza, ha sido diseñada en un lugar único y estratégico del planeta, alberga poder militar sin contrapeso, así como recursos económicos y pertrechos para resistir asedios… todo tipo de asedios.
El mundo se vuelve inestable… y el dinero corre
Pero la jugada no termina en el repliegue. Cuando Estados Unidos reduce su presencia en el Medio Oriente, lo que deja atrás no es un vacío ordenado. Es un espacio cada vez más difícil de controlar. Un vacío de liderazgo, volátil y peligroso, que será disputado agresivamente por varios actores. Y esa es precisamente la idea.
Las tensiones van a resurgir en todo el planeta, las rutas energéticas de Asia, África y Medio Oriente se volverán más inciertas, la piratería, mediante la captura, el secuestro o la destrucción de buques mercantes, se generalizará por todos los mares y los conflictos latentes volverán a reactivarse. El Golfo Pérsico, Asia, África y Europa dejan de ser zonas confiables y pasan a ser zonas de riesgo constante. Y el riesgo tiene una consecuencia inmediata: el dinero se mueve de un barrio peligroso a otro seguro. Uno que ofrece los mejores guardias, comodidades y servicios. Las inversiones no toleran la incertidumbre prolongada. Los países más ricos de Europa, Asia y el propio Medio Oriente ya empezaron a buscar un lugar donde su capital esté protegido. Y ese nuevo lugar es Estados Unidos.
El nuevo centro del mundo: producir y vender en casa
En Estados Unidos ocurre algo que no existe en ninguna otra economía del planeta. Una empresa puede instalar una fábrica, producir a gran escala y vender todo lo que produce dentro del mismo país. ¿Sabía usted que la planta más grande de BMW en el mundo, produciendo más de 1.500 vehículos diarios, está en Carolina del Sur? Así es, no está en Alemania. Con una clientela en casa de 348 millones de personas, no necesita salir a buscar mercados. No necesita depender de exportaciones lejanas. No necesita cadenas logísticas vulnerables. No necesita ni depende de la estabilidad en otras regiones.
El mercado interno norteamericano lo absorbe todo y eso cambia las reglas del juego. Fábricas que antes estaban en Asia empiezan a trasladarse a Virginia. Capital europeo hoy busca refugio en Texas. El dinero del Medio Oriente —preocupado por la inestabilidad de su propia región— encuentra en las propiedades de Estados Unidos un lugar seguro. Mientras el resto del mundo lidia con la incertidumbre, Estados Unidos absorbe la riqueza de las empresas más grandes del mundo.
China queda atrapada en un problema incómodo
China no enfrenta una crisis inmediata, sino un problema mucho más complejo. Su economía – una que solo tiene 120 días de reservas de petróleo – depende de algo muy simple: flujo constante y predecible de gas, petróleo y alimentos. Cuando el Golfo Pérsico se vuelve inestable, China no solo deja de recibir petróleo de un día para otro, sino que pierde algo mucho más importante: la capacidad de saber con certeza qué pasará mañana. Y sin certeza, cualquier planificación a largo plazo se vuelve frágil. Es como dirigir una fábrica gigante sin saber si mañana llegará la electricidad. Puede que llegue… pero no puedes apostar todo tu sistema industrial y financiero a una duda, y la esperanza no es un plan de negocios inteligente.
Israel: fuerte, pero rodeado de incertidumbre
Israel sigue siendo una potencia militar de peso en el Medio Oriente. Eso no cambia.
Pero cuando los Estados Unidos se retira del Golfo, lo que cambia es el entorno.
Israel antes operaba dentro de un sistema en el que Estados Unidos ejercía una influencia dominante en la región, uno que le permitía a Israel hacer casi cualquier cosa. Hoy, ese sistema de apoyo en Washington está más fragmentado e impredecible, con múltiples actores adversos que se mueven simultáneamente. A partir de noviembre de 2026, Israel dejará de gozar del respaldo militar incondicional de Estados Unidos, porque para una parte creciente de la clase política estadounidense, seguir alineándose abiertamente con Tel-Aviv pasará de ser una ventaja electoral a convertirse en un lastre tóxico ante un votante norteamericano cada vez más crítico y menos dispuesto a tolerar la extraña e inexplicable influencia israelí en los asuntos internos del país.
¿Qué pasará al terminar la guerra? El Golfo Pérsico no caerá bajo la influencia de Israel. Ese plan se quemó, y Israel no volverá a contar con la obediencia ciega del Congreso y del Senado estadounidenses. El cariño, la preocupación y el afecto siempre estarán ahí, pero tropas, armas y dinero no volverán a estar disponibles en los niveles a los que Tel-Aviv estaba acostumbrado. Antes del 1 de enero de 2027, Turquía y Pakistán entrarán en una alianza con Arabia Saudita para limitar los planes de expansión de Netanyahu, y la otra mitad del Golfo Pérsico —Kuwait, Omán, Irak, Baréin, Qatar y los Emiratos— firmará alianzas de trabajo y cooperación con Irán.
Con el vacío que deja Estados Unidos, se abre una puerta histórica para la entrada de China y Rusia, quienes competirán entre sí por la atención y el trato preferencial de Teherán, quien saldrá de esta guerra fortalecido militar, política y financieramente como nunca antes desde el inicio de la revolución en 1979… ¿Y lo que más le irrita a Tel-Aviv? Veremos a un Irán 2.0, completamente renovado ante los ojos del mundo. ¿La jugada norteamericana? Con Turquía, Rusia y China irrumpiendo simultáneamente en la pelea por los mismos barriles árabes, Estados Unidos no se retira dejando un vacío… deja un campo minado. Un tablero deliberadamente saturado de competidores pesados en el que, tras su salida, nadie puede imponer un control total en la región sin pagar un costo prohibitivo. No es abandono: es ingeniería en la administración del poder. Un Golfo Pérsico severamente fragmentado, tensionado por lealtades divididas y contrapuestas, es estructuralmente incapaz de caer en manos de una sola potencia. Y esa es precisamente la idea.
Eso no debilita directamente a Israel, pero sí lo obliga a actuar con mucha más cautela. Porque en un entorno en el que ahora nadie controla por completo el tablero, incluso los más fuertes deben medir cuidadosamente cada paso. Israel logró su objetivo de cambiar el Golfo Pérsico… de ello no hay duda, pero todo parece indicar que la CIA y otras agencias en China, Moscú y Europa se encargaron de que no saliera como Tel-Aviv lo había planeado originalmente.
El vacío se llena… pero nadie manda completamente
Durante más de medio siglo, el golfo Pérsico ha sido una espina en las costillas de Estados Unidos y no sabíamos cómo salir de esa región. Recordemos que Estados Unidos no gana dinero al proteger a todas esas naciones, no recibe petróleo de sus pozos, pues tenemos gas y petróleo de sobra en Estados Unidos, Canadá y México. Solo estábamos ahí para garantizar que nunca se interrumpiera la venta de petróleo a nuestros aliados europeos, pero… con la ruptura de la alianza de la OTAN, esa tarea autoimpuesta de protección gratuita ya no tiene sentido. Y ahora, al hacernos los “ofendidos” por la negativa de la OTAN a participar en la guerra contra Irán, el conflicto nos ha dado la excusa perfecta para decirle al mundo que nos vamos del Golfo… para siempre.
Estados Unidos reduce su presencia, pero el espacio no queda vacío para que lo domine Irán o Israel sin supervisión adulta. Esos vacíos tan grandes jamás quedan vacíos por error en geopolítica. En cambio, Rusia, Turquía, India, Pakistán y China comienzan a ocupar ese lugar de manera equilibrada y redistribuida.
Primer eje de poder o… el Combo 1: Turquía tiene las fuerzas armadas más grandes y poderosas de Europa, por lejos, pero carece de bombas nucleares; por eso, se ha aliado con Pakistán para ofrecer todo su poder militar y sus capacidades de ataque nuclear a Arabia Saudita, un reino sin ejército que pagará felizmente el costo de esta fuerza militar de defensa para que mantenga a Israel al otro lado de sus fronteras. Esa alianza en sí misma… es una fortaleza.

Segundo eje de poder: el Combo 2 (o el contrapeso). China y Rusia tienen excelentes relaciones con Irán y firmarán acuerdos de cooperación, reconstrucción, compra y venta de armamento, transferencia de tecnología y compra de energía a escala bíblica. ¿Rusia tiene un plan? ¡Por supuesto! Moscu construirá el Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur (INSTC), una red multimodal de 7.200 km que conecta India, Irán, Rusia y Asia Central, ofreciendo una ruta un 40% más corta y un 30% más barata que las rutas por el Estrecho de Ormuz o el Canal de Suez. Esta infraestructura clave conecta directamente Bombay, con Teherán, Moscú y San Petersburgo mediante una combinación de rutas marítimas seguras, ferroviarias y terrestres robustas y bien protegidas.
China aprendió la lección que le dejó esta guerra, por eso reconstruirá la marina iraní y, a cambio, instalará bases navales masivas en Irán para asegurarse —a través de flotas de buques de escolta— de que sus buques petroleros jamás vuelvan a estar en peligro y retrasen la llegada de crudo a las fábricas chinas.
Con este nuevo formato creado por Washington, nadie puede controlar todo, pero todos pueden influir en algo. El resultado es un equilibrio incómodo, fragmentado y lleno de tensiones cruzadas. Nadie domina. Nadie se impone por completo y todos se contienen. ¿Resultado? Un equilibrio perfecto de fuerzas, a un costo financiero cero para Washington.
La verdad que nadie quiere decir… porque duele
Lo que estamos viendo no es una retirada débil. Es una brillante maniobra estratégica disfrazada de “accidente”. Estados Unidos está dejando de ser el policía del mundo, no porque no pueda seguir siéndolo, sino porque ya no le conviene. Hace décadas que esta era una misión irracional autoimpuesta que no le interesa al pueblo norteamericano porque, justamente, al tenerlo todo en América, defender la propiedad de otros que se niegan a pagar por su propia protección… es un absurdo insostenible. En cambio, Estados Unidos está permitiendo que otras regiones enfrenten su propia inestabilidad, mientras concentra dentro de su territorio – dentro de su núcleo central de influencia – lo más valioso, su capital, su poderosa industria comercial y de defensa, sus inagotables fuentes de energía y el control económico y financiero del nuevo mundo. Todo esto, protegido por las fuerzas militares más poderosas del planeta, que nunca más estarán dispersas en los siete mares, sino distribuidas únicamente en las flotas del Pacífico, del Atlántico y del mar Caribe.
Así es, Estados Unidos está construyendo, paso a paso, la Fortaleza América.
Y como ocurre siempre en estos momentos históricos, la mayoría del mundo sigue mirando, embobado, solo los síntomas — a “los actores” de esta obra — distraído por luces que no entiende, explosiones y conflictos dispersos — sin descifrar el verdadero guion de fondo. Pero cuando finalmente lo entiendan, será evidente.
Estados Unidos no se retiró. Simplemente cambió de posición en el tablero. Y desde esa nueva posición… desde la Fortaleza América como el nuevo centro planetario de venta de energía, centro financiero y dueño del poder militar más dominante de la Tierra… el juego del poder le favorece más, se vuelve conveniente. Mucho más conveniente.
¿Y lo más divertido? Nadie vio venir esta jugada.

José Miguel “Mike” Pizarro / Articulista invitado / EE.UU.
Ex oficial del Ejército de Chile, graduado de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE), Analista de Defensa de CNN en Español, ex U.S. Marine y veterano de 4 años de la guerra en Irak. Ex oficial de artillería de montaña, comandante de tanques pesados M1A1 Abrams y ex asesor militar norteamericano en Colombia.



